Cantar o gemir

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Estoy convencido de que la función aleatoria de un ipod trasciende de lo informático y, mediante un recurso extraño –mi hija dice que un “duende”- programa la música de acuerdo a estados de ánimo del usuario. A veces se pone ochentero, otras veces hace recorridos por música gitana o por comedias musicales y otras, como si hiciera una auténtica dramaturgia, por cantantes tan particulares como Jeff Buckley y Björk.

Esa particularidad radica en su don para apropiarse de las canciones y convertirlas en un cuerpo melancólico, oscuro; por momentos, más que cantar parecen gemir.

En los grandes teatros de herradura del mundo, el público se conmueve, llora, con las terribles y a veces eficaces historias de la ópera; música, texto y ejecución logran su efecto, caen lágrimas sobre programas de mano, joyas y copas de vino. Al fallecido Jeff y a mi amiga Björk les basta una canción, transmitida por el delgado hilo de plástico de unos audífonos, para sentir el delicado placer de la melancolía.

La boca, en La Gruta los miércoles

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Este proyecto nació hace casi un año, cuando en una charla con tres actores, Abigail, Bernardo y Diana, surgió la idea de hacer un trabajo juntos. Como nos conocemos, estaba claro que no sería un montaje sobre un texto específico, sino una indagación en escena sobre ciertos temas que luego, en una carta –una especie de carta de amor- les propuse.

Esos ingredientes para poner en la mesa eran: un grupo de amigos que recuerda su adolescencia, poesía de Miguel Hernández, algunas piezas musicales, el encuentro amoroso, la añoranza.

Con esa tarea, se presentaron a una primera reunión de trabajo con un nuevo integrante del grupo Luna avante, Leonardo, y una improvisación que transcurría en la cancha de algún bachillerato. A partir de ese día, no dejé de sorprenderme por el gusto de trabajar con actores educados en saltar sin red. Fue un proceso sin ninguna prisa, a veces muy espaciado en el tiempo, adaptable a las complicaciones de agenda, no mía, sino de ellos. ¡Trabajan mucho! Luego se incorporó el actor y cantante Marcial Salinas.

Con el tiempo el proyecto se fue depurando, pero conservó el nombre del único poema de Hernández que se escucha en el espectáculo: La boca. Ella enuncia, recuerda, canta, besa, murmura, se calla. Es un trabajo sobre el amor, más bien sobre la política amorosa: conocer al otro, tener el control y luego perderlo. También se incorporaron unos pares de zapatos que ayudan a recrearlo y tenerlo en escena y dos colaboradoras más, Marcela Ayala, asistente, y Tania Rodríguez, escenógrafa.

Canciones fueron y vinieron, también llegó un poeta de la generación del 27, Pedro Salinas, cuyos versos ayudan en un momento de la obra.

Para mi ha sido una dicha volver a dirigir después de casi cinco años, como tomar la boquilla de algún instrumento, limpiarla, e intentar un jazz escénico.

Estas fotos corresponden a ensayos, la de arriba de septiembre y la de abajo de abril, son de José Jorge Carreón. La obra se presentará en La Gruta, Avenida Revolución 1500, los miércoles a las ocho y media.

Olimpiada en Acapulco

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El mar que conocí y disfruté de niño, como el de miles de capitalinos, fue el de la bahía de Acapulco. Los viajes iniciaban a las tres o cuatro de la madrugada, para “aprovechar el día”, de paso ganarle a sol en el cañón del zopilote y luego iniciar el recorrido por playas como Hornos, Puerto Marqués o el Revolcadero.

En esos paseos el entusiasmo y el gusto por llegar al mar se imponían a cualquier consideración sobre moda o buen gusto. Cuerpos y vestimentas se exhibían con total impunidad, fuera del alcance de cualquier Comisión de los derechos humanos; panzas y ombligos en medio de chanclas de hule y pantalones de mezclilla convertidos en “shorts” con tijeras de pico.

Esos cuerpos que disfrutan nada tienen que ver con los que desfilaron hace poco en la olimpiadas, que están totalmente diferenciados por las disciplinas en que compiten.

El cuerpo olímpico es inclemente: un nadador extraordinario que mida menos de 1.70 no llegará siquiera a una ronda de finalistas y en cambio, en gimnasia, será un verdadero gigantón.

Hubo sin embargo algunas excepciones notables que trajeron Acapulco a mis pupilas. Incluso una de ellas ganó medalla de bronce en clavados, Tatiana Ortiz, quien en una de las etapas lució un traje de baño que hubiera ameritado que la descalificaran sin brincar y, en cambio, hubiera sido la envidia de cualquiera de mis primas en Acapulco.

Con menos de veinte años, menuda y morena, Tatiana salta con gusto, se regala y nos regala sonrisas, como si su salto de plataforma fuera desde La quebrada.

Aura de la buena

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A finales de los ochentas, me acerqué a la entonces Dirección de Teatro y Danza de la UNAM, para pedir apoyo a un proyecto que estaba levantando, algo se logró, aunque sirvió poco para la obra en cuestión, que salió básicamente mal. Sin embargo, entre los ires y venires a las oficinas de Cultisur pude hablar con el flamante titular, Alejandro Aura, quien al cabo de unas semanas me invitó a colaborar para apoyar el teatro que se hacía en las distintas facultades y para organizar presentaciones fuera de los recintos universitarios, extramuros.

Esto es, la parte de mi vida que tiene que ver con la promoción cultural, que es muy significativa, inició por invitación de Alejandro (tranquilo, tú no tienes la culpa de nada). Por eso, ahora que ya no está, quiero recordarlo hablando de sus merecimientos como productor de proyectos culturales, pues los literarios son conocidos y verificables.

El más notable de ellos es también la palabra, su voz era no sólo una herramienta de trabajo como actor sino una estrategia para convencer a las personalidades más diversas de que el teatro era importante. Así fue posible hacer espectáculos en espacios tan inéditos como Las cárceles de la Perpetua, en el palacio de Medicina, que se convertía en sede de teatro de los siglos de oro, o en la Casa Universitaria del Libro, o utilizar una carreta tirada por un caballo por las distintas Facultades de Ciudad Universitaria para hacer un “pregón” de la cartelera escénica.

Es decir, no sólo se puede pensar lo “imposible”, también producirlo, programarlo y difundirlo. ¿A quién sino a él, se le podría ocurrir organizar un ciclo y un concurso de teatro griego? ¿O hacer de un blog, el suyo, un verdadero reducto de inteligencia y emoción?

Poco convencional a pesar de su frac de “La hora íntima de Agustín Lara”, dicharachero, humorista, “yo no me maquillo, me resano”, podía decir, de buen gusto, chef apasionado, gran negociador de presupuestos, fumador de puro, inventor de los más formidables brindis de fin de año de la Coordinación de Difusión Cultural: comida, bebida, música, servicio; en el sentido más generoso, el aura de Alejandro era la de un anfitrión excepcional en la vida y en la escena.

Por eso era lógico que cuando atendía una llamada telefónica y le preguntaban su nombre para cerciorarse, respondiera: “servilleta”.

A la velocidad del bulbo

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La oferta que puede encontrarse en un televisor es amplia en todos los sentidos, la señal que se puede recibir, siempre de acuerdo al bolsillo, y los prodigios técnicos que pueden hacerse a través del control remoto. “Interactivo” parece ser el concepto clave.

La televisión que me acompañó la mayor parte de mi infancia era un mueble con un sistema no de transistores, sino de “bulbos”, que literalmente eran eso, cilindros ovalados con un complejo circuito dentro. Era en blanco y negro, con lo cual para mí la pantera rosa siempre fue gris y los juegos pirotécnicos del castillo de Disney una gama de chispazos blancos.

Ahora bien, varios detalles de la operación de una tele de bulbos ya le daban una recóndita categoría de interactiva:

La oración al altísimo, encender y apagar con un giro. Hacer cualquiera de esas dos operaciones tomaba tiempo, iniciaban y terminaban con un punto brillante al centro del monitor. Mi abuela confirmaba esa categoría mística, pues invariablemente le devolvía el saludo al conductor Paco Malgesto cada vez que éste decía “buenas noches”.

Después de cierto tiempo de uso, la señal comenzaba a volverse opaca y la recomendación era: “déjala descansar”, o sea que ya había hecho un esfuerzo mayúsculo.

En contraste, a veces la imagen comenzaba a saltar y hacerse pequeña, en ese caso procedía darle un vigoroso “sape” en la parte superior, o sea que no se estaba desempeñando bien.

Para cambiar de canal, había que usar una perilla con trece opciones. Con el uso el mecanismo se desgastaba y había que ejercer con la mano presión extra para hacer el giro; cuando ya no había remedio, unas pinzas de electricista. De allí que la indicación correspondiente era tratarla “con delicadeza”, con “cuidado”.

Como se ve, entre caricias, saludos, mutilaciones, el mueble televisor ya quería ser interactivo, eso sí, a la velocidad del bulbo.

Resistencia creativa

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¿En qué parte del cuerpo está la resistencia? ¿Es una cuestión del cerebro? ¿Se mentaliza uno y aguanta más? Para los mexicanos la resistencia es una virtud teologal, estamos educados de muchas maneras a “aguantar vara”. Me gusta mucho la explicación que da Luisa Josefina Hernández en uno de sus textos, cuando señala que dicho atributo está en los riñones. La misma referencia fisiológica utiliza D.H. Lawrence en El amante de Lady Chatterley, el jardinero sucumbe ante la señora de la casa cuando los riñones se rebelan e imponen su ritmo, es decir la pérdida del control.

Uno forma parte de la “resistencia” cuando se sabe condenado a la derrota y eso termina por ser una posición ante la vida. Como Atlas que carga el mundo, como el Pípila con su piedra o como el Barsa republicano de los años de la guerra civil, que salió a una gira de la que no regresó.

Unas semanas antes de la Eurocopa que ahora está en desarrollo, transmitieron por un canal de deportes los juegos de finales de torneos anteriores. El de 1972 fue Alemania (occidental) contra la Unión Soviética. Fue un partidazo. Creo que este superlativo se debe al desempeño de los defensas, que en realidad sólo lo eran de nombre; se la pasaban atacando, resistir era un acto de creatividad.

A veces me pasa que soy como Casandra, formulo profecías en la que nadie cree y terminan por ser ciertas. Ahora se trata de la siguiente: esta Eurocopa la va a ganar la defensiva más creativa, no el equipo que haga más goles, sino el que los prepare mejor.

La liga mexicana tiene un garbanzo de a libra, tan excepcional que su nombre parece sacado de una novela de Ibargüengoitia, el defensa del Guadalajara Jonny Magallón (juro que así se escribe). Es fuerte, se atreve a ser distinto en una liga miserable, tanto así que por momentos se atreve a reir en la cancha.

Rigor del aperitivo

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“Comenzar es lo difícil”, suelen decir los consejeros de todos los tiempos al referirse a la importancia de dar el primer paso en una actividad que por lo visto puede ser complicada y agotadora. Sin embargo, a veces puede ser placentera, como la comida.

En la mesa ese primer paso lleva por nombre aperitivo y no se da con resignación, sino con júbilo y puede ser una ceremonia que anuncia el mismo acto de sentarse. La versión “salvaje” es la que suele tomarse en una cantina, un trago preparado en un vaso largo con un kilo de hielos, a través del cual transcurren las más irritantes botanas y platillos.

El aperitivo que honra su nombre se sirve derecho, frío de preferencia, seco y traslúcido, como anticipando que no hay engaños ni simulación en la mesa. Puede ser tan lubricante de la conversación que posterga a la eternidad el inicio de los alimentos y estar siempre al alcance de la mano. No en balde los andaluces son los creadores del mejor aperitivo del planeta, el jerez fino.

Por los alimentos que se han preparado, pero sobre todo por la compañía, el aperitivo inicia un territorio de promesas.