Vainilla para actuar

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En un famoso programa de entrevistas a actores, que se transmite por televisión de paga, es frecuente ver a un abanico muy extraño de estrellas de Hollywood. En todos los casos debe reconocerse que el entrevistador tiene un muy buen equipo de investigadores y las preguntas suelen ser muy buenas y pertinentes.

En cierta ocasión entrevistó a Tommy Lee Jones, este solvente actor de rostro “cacarizo” que tiene apariciones notorias en el cine y que hace poco debutó como director. Cuando toca hablar de El fugitivo, cinta protagonizada por Harrison Ford, le pregunta sobre su objetivo como actor. Jones responde, escueto, “trabajar para Harrison”.

Esa aseveración coincide con una de las definiciones de la actuación que más me gusta y expresa a la vez, las virtudes de uno de los postres más formidables, el helado de vainilla: actuar es trabajar para el otro. Es decir, en la medida en que estoy atento y dispuesto a lo que dice mi compañero de escena, mis intervenciones serán más verdaderas y lógicas.

Así es la vainilla: modesta, suave, pero imprescindible. En su encarnación como helado cumple muchas funciones, alivio inigualable para el tubo digestivo después de una alimentación condimentada; compañero solidario del strudel de manzana, tan sólo verlos juntos provoca sentimientos de equilibrio en cuanto a temperatura, sabor, consistencia. También es un suave lecho para trozos de chocolate amargo. Como un buen actor, como Jones, puede ser protagonista a pesar de sí mismo.

A diferencia de la fresa y el chocolate, educados con tenacidad en el monólogo, el helado de vainilla sostiene diálogos espléndidos a cucharadas.

Dignidad del uniforme

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Pedro el Mago Septién, ha sido cronista deportivo de diversas disciplinas por puro descuido profesional, pues sus axiomas y comentarios corresponden más bien al ensayo literario. Algunos de ellos son de leyenda, por ejemplo cuando aborda un momento delicado en el enfrentamiento de dos equipos de béisbol, y llegado el punto de revisar los porcentajes de pitcheo o de bateo, dice inclemente “las estadísticas son profetas que miran hacia atrás”.

La frase es demoledora, por ejemplo, para el futbol mexicano. A lo largo de toda su participación en mundiales, sólo en una ocasión ha llegado a un segundo partido de eliminación directa, jugando de local, hasta ahora el único logro internacional es la copa mundial sub 17 que obtuvo hace un par de años. De acuerdo a la lógica inclemente del Mago, México podría llegar a una semifinal de selección grande hacia mediados de este siglo y a una final en la segunda mitad. La esperanza es lo último que muere.

Mientras, hay cosas que deberían dignificarse en el futbol nacional. La liga es mala y tiene un cierto interés sólo cuando se llega a la etapa eliminatoria. Su nombre era incongruente y ahora es peor, se llamaba torneo de verano al que transcurría en invierno, ahora se llama de apertura cuando acaba el año y de cierre cuando inicia.

Otra es el uniforme, que se ha degradado en todos los casos, unos más, unos menos. Sin cultura de identidad comunitaria de club, importa más el patrocinador que el escudo. Por otro lado, al mirar esas casacas que parecen un rompecabezas de logotipos, uno se pregunta, ¿a qué empresa en sus cabales le interesa mostrar su imagen en la zona de la vesícula en la playera del Puebla, por poner un caso? ¿no es acaso peor para el patrocinador que el equipo juegue horroroso?

Como seguidor resignado de los Pumas, me parece un agravio tener en el uniforme de la mejor Universidad de Iberoamérica, tal cantidad de adefesios publicitarios.

Desde luego pueden mirarse con envidia uniformes de clubes que disputan ligas de gran nivel, como los de la foto. La integridad y limpieza visual también conforman la estadística, el universo de probabilidades pasa también por la dignidad.

Manías de vestidor

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Hace años fui profesor de literatura universal en una preparatoria y una de las clases daba inicio a las siete de la mañana. Recuerdo a una alumna que llegaba un poco antes de comenzar, ocupaba un asiento en la segunda fila y desplegaba en el de adelante un muestrario fenomenal de artículos de maquillaje. Mientras trataba de convencer a la clase que Hamlet no sólo es importante, sino divertido, ella ponía manos a la obra y al cabo de 50 minutos quedaba convertida en copia fiel de una de las cantantes de Fresas con crema, grupo pop de moda en aquel momento.

Recuerdo esa imagen porque hace poco regresé a un club deportivo, al que por razones familiares pertenecí durante toda mi infancia, y no salgo de mi asombro por la cantidad de hábitos –malos- y accesorios –infinitos- que pueden encontrarse en los vestidores de caballeros de ese lugar. Aquí van por lo pronto tres ejemplos:

La casa casillero

Los casilleros son menos que los usuarios, durante el año se juntan los que se van desocupando y cierto día se ponen a disposición de los interesados, quienes llegan a pernoctar para ser de los primeros. Con absoluta discreción he podido asomarme a algunos y puedo afirmar que con su contenido se podrían equipar dos departamentos de interés social o aguantar un naufragio de meses en una isla: ropa, cremas, calzado, libros, reproductores de música, botellas de agua y refresco, galletas, etc.

El jabón existencial

Las duchas tienen un gabinete que al momento de bañarse da cierta intimidad al usuario, sin embargo hay varios que consideran que es importante verse en el espejo mientras se enjabonan, así que salen de la ducha, a veces sin cerrar el grifo, se colocan frente a un espejo y proceden a esparcir la espuma por toda su humanidad, con o sin acompañamiento musical.

El arte del rasurado

Mejor aún que la alumna a la que me referí al inicio, hay quien llega al vestidor con una maleta que en el aeropuerto tendría que documentarse. Cuando entran a los baños, despliegan en el lavabo, cual paleta de pintor barroco, una toalla sobre la cual ponen una cantidad increíble de objetos: dos rastrillos para afeitarse, un crema pre, otra durante y otra post, un peine, un cepillo para cabello, dos cepillos dentales, un hilo dental, un desodorante, dos lociones, por lo menos.

¿Asombro o admiración? ¿ambas?

Bizarrías del doblaje

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En una conversación sobre una puesta en escena, diversos compañeros hablaban sobre sus características como obra “moderna”, su nivel de abstracción, su impecable factura visual, pero el naufragio terrible que se producía cuando los actores comenzaban a hablar. Para definir ese desastre uno de ellos usó una frase certera por devastadora: parecía obra doblada.

En efecto, el doblaje, tan frecuentado en cine y televisión, establece una barrera de credibilidad casi siempre invencible para el espectador. La brillante serie televisiva Frasier, pierde todo su encanto cuando comprobamos que el acento mamón, semibritánico, que utiliza Kelsey Grammer para su personaje, se convierte en un castellano neutro e insípido que deteriora la propuesta de la comedia.

Sin embargo hubo un momento heroico del doblaje que hacían los actores mexicanos, en el cual el micrófono se convirtió en una herramienta flexible y convincente, dándole un valor artesanal de gran factura. Un ejemplo de ello era Víctor Alcocer, que lo mismo encarnaba la voz corporativa de un banco, al detective Kojak, a Blue Demon, o un medicamento estomacal. Justo acerca de éste último, un amigo conservaba una cinta, cuyo contenido desde luego nunca se transmitió, con pruebas de grabación donde actores como el Loco Valdés, Jorge Arvizu “el tata” y el propio Alcocer hacían falsos comerciales del producto, sus tomas estaban llenas de pedos, eructos, que jugaban en un "timing" perfecto con la narración oficial.

Se trataba así, de próceres del trabajo con la voz y la improvisación, que en el caso del doblaje es desde luego más acotada y debe colocarse con la debida precisión. Recuerdo una escena de Batman, la serie televisiva de los sesentas, donde Robin, el joven maravilla, hace su habitual gesto de golpear una mano con el puño de la otra, y en vez de decir “¡santos villanos enmascarados!” o algo así, dice “¡Santa Marta Acatitla!”. En casos así, ocurre a la inversa de lo dicho párrafos arriba, la maravilla de que sea mejor la voz del que hace el doblaje que del original.

Por eso entiendo perfecto a Jorge Lavat cuando en una conversación señalaba, refiriéndose a uno de los protagonistas de la serie El túnel del tiempo, “yo era Douglas”.

Y desde luego pienso en la posibilidad de la siguiente licencia poética: si es el caso de que la obra de teatro que va uno a ver sea aburrida, cosa que se sabrá cuando mucho a la media hora, imaginemos que usamos audífonos y que comezamos a escuchar, en la boca de los actores, a Homero Simpson, a Kojak, a Don Gato, a Benito Bodoque....

El asalto de hi5

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Está claro que para muchos, la llamada brecha digital que divide el uso de esas herramientas de las analógicas, puede tener la amplitud del cañón del Colorado. Me temo que yo soy de esos, como puede demostrarlo la funesta historia que ahora cuento.

Hace unos meses recibí un correo electrónico de una amiga respetable que además de actriz es fanática de la red y sus misterios. El mensaje mostraba estos dos signos :) y decía: fulanita te invita a formar parte de su grupo de amigos, donde podrás compartir, conocer, etc etc, y aparecían los dos vínculos; aceptar y no aceptar.

De momento no me di cuenta, pero en realidad esa disyuntiva, por su trascendencia, era equivalente al cruce de caminos que se le presentó a Edipo para encontrarse fatalmente con su padre en la tragedia de Sófocles, o a la decisión de obrar en sueño o en vigilia de Segismundo en el clásico de Calderón de la Barca.

Como uno está educado a decir que sí a cualquier descarga de herramientas de internet, pulsé “aceptar” sin saber que estaba saltando al abismo. La que sigue es una relación de descubrimientos posteriores que me parecieron absolutamente horrorosos: 1, los usuarios de ese sitio son adolescentes de 15 a 40 años en situación de ligar, 2, funciona como una cadena, en cuanto acepté, todos mis contactos recibieron una invitación de mi parte para incorporarse al jubiloso sitio. Esto es, a diferencia de la carta anónima que todavía aparece por la casas, diciendo que sacar copias y continuar la cadena traerá fortuna asegurada, mientras que
no hacerlo desgracias terribles como la ocurrida al presidente de Brasil -así dice-, ésta de la red viene con el nombre y el correo de uno, 3, todos los contactos quiere decir todos, algunos la eliminaban y otros, al aceptar, incorporaban a los suyos propios. Algunos de los primeros, cuyo ámbito profesional es académico, daban por hecho que yo había sido víctima de algún “hacker”, pues les parecía inconcebible recibir semejante frivolidad de invitación.

Claro que hay quienes disfrutan de ese portal y lo usan para herramienta de promoción de su imagen y por tanto hasta les resulta provechoso. Para ellos no tiene mayor problema ver en el monitor algo como :) , a mi la verdad me provoca :(.

El hermano Fernando

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Esto del regreso a clases es una buena oportunidad para recordar a un profesor, hermano lasallista, que tuve en la Escuela donde pasé la mayor parte de la primaria y secundaria.

Hablar bien de él, significa en contraste hablar de los que fueron horrorosos y de la gran variedad de castigos físicos que eran pilar de su metodología. El de civismo, por ejemplo, aplicaba un certero golpe en el antebrazo que provocaba inflamación inmediata, una “bolita”, y nos aumentaba puntos a cambio de fotos de Irán Eory. La titular de cuarto año, un ser atroz, nos jalaba de las patillas para aprender a hacer correctamente las pausas en una lectura. El de quinto, idéntico al Guapo Ben de Los cuatro fantásticos, era especialista en lanzar el borrador a través de los metros y metros de salón a quien hiciera un poco de desorden. Eso por no hablar de las infaltables confesiones mensuales con curas cansados y somnolientos.

Por todo ello, llegar el primer día de clases a mirar las listas que se pegaban en unos postes, donde se señalaban cómo se habían dividido los grupos “A” y “B”, era casi como enterarse de si uno estaba sentenciado a las minas de sal o a Lecumberri.

En cambio el milagro ocurrió en sexto año. El hermano Fernando era muy joven, de trato amable, nos hacía cantar en italiano, organizar campamentos memorables, ganar todos los premios posibles de la primaria, consistentes en “minutos”, que al irse acumulando de quince en quince permitían armar un día libre. Pero creo que su mayor gloria fue participar en el concurso de poesía de cada año con un texto de ¡protesta! en formato coral, sobre el racismo en los Estados Unidos. Así es que entre el recitado de En paz de Amado Nervo y Cuando sepas hallar una sonrisa, de González Martínez, aparecíamos unos ocho compañeros, con cara, manos y tobillos pintados de negro, diciendo cosas como: “Nos tratan de antemano de ladrones/ desde que estamos formándonos callados/ en el vientre renegrido de la madre”.

Desde luego perdimos el concurso y el querido hermano Fernando ya nunca dio clases en esa escuela. Pero a mi, a la fecha, me sigue dictando cátedra.

Carta a Julianne

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Señora Julianne Moore:

Me dirijo a usted para expresarle algunas opiniones personales y por ello conviene antes hacer algunas aclaraciones. Primero la del idioma, le escribo en castellano por comodidad y porque hacerlo en inglés me haría sentir un poco inseguro, sentimiento que usted por lo que se alcanza ver no conoce. La única desventaja es que así le tengo que hablar de usted, ni modo. La otra aclaración es que éste es un blog, o sea un espacio público. Pero despreocúpese, además de quien esto le escribe, es posible que sólo dos o tres cibernautas despistados se enteren de este saludo tan personal.

Su carrera como actriz de cine se ha cruzado con la mía de espectador en muchos momentos, desde aquellas en que usted aparece como profesionista o ama de casa de “suburbios” y que llegan a ser notables, como Short cuts, de Altman, hasta otras más recientes donde usted ya aparece como estelar, tipo Boggie Nights o Far from Heaven.

Aunque también hay desde luego trabajos más alternativos, como el legendario texto de Samuel Beckett, Not I, dirigido por Neil Jordan. En esa obra la protagonista se llama Boca y literalmente es una boca que escupe palabras, así es que usted da cuerpo, con su boca, dientes, lengua y saliva, a esa peculiar entidad.

Pero esta pequeña carta es nomás para reconocer su capacidad para saltar sin red. Me refiero a esa buena película que se llama Magnolia, donde usted interpreta a una mujer cuyo anciano y millonario esposo está a punto de morir y por tanto de dejarle millones y millones de dolarucos. Es una historia que conjuga a varios personajes en situaciones complicadas e intensas y en donde hay una escena que me encanta: casi al final y sin que venga a cuento, esos protagonistas, desde sus circunstancias diversas, ¡cantan! una canción de Aimee Mann que se llama Wise up.

Pues bien, hace poco vi una larga entrevista a P.T. Anderson, director y guionista, y en algún momento lo abordaban en específico acerca de esa escena, él confesaba la dificultad enorme que tuvo, pues los actores no querían cantarla, les parecía que era absurdo que en los momentos devastadores que vivían, pudieran ponerse a cantar una balada pop; dijeron que no. Sin embargo la escena se logró, y sólo fue posible porque según narra Paul Thomas, alguien dijo “pues yo sí la canto”. Desde luego se trataba de usted y después de usted, todos dijeron "ni modo que yo no" y la cantaron, justificándolo de acuerdo a la situación de cada uno. La escena es espléndida y sintetiza todo el espíritu de esa cinta.

Es como tener claro que a veces hay que dar pasos que no se sabe a dónde van, aunque en apariencia los suyos siempre se dan bien.

Para llevarle la contra a otra canción, ahora de Compay Segundo, a veces hay que dejar el camino para tomar la vereda.