Imágenes de Teatro Escolar

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Mis experiencias como escolar en el teatro fueron pocas y escasas, dos en realidad. Una fue la adaptación teatral del Principito y sólo recuerdo que era poco verosímil y aburrida. La otra ocurrió en quinto de primaria, nos llevaron al teatro Orientación a ver una obra de un actor y productor conocido como “El zapatero remendón”. Era una obra de ambiente galáctico, con actores y actrices vestidos de plástico plateado que recorrían durante algunos momentos del espectáculo los pasillos del teatro, supongo que para animar a los niños espectadores.

En mi grupo había varios cuya edad y aspecto era casi de universitarios y en uno de los recorridos, uno de ellos le faltó al respeto a una de las actrices supersónicas, algo le dijo o le hizo o ambas. El “zapatero remendón” detuvo la función y regañó a todo el teatro por haber perdido ya el valor fundamental de la inocencia, mientras la actriz, con una minifalda que por supuesto recuerdo, lloraba a su lado.

Menciono esto porque aunque el país se vino abajo, hubo crisis económica, naufragio de credibilidad en el Estado y en la selección mexicana, la verdad es que ahora se hace mucho más y mejor teatro para niños y a veces, se programa en circuitos de teatro escolar. He visto varias que, para decirlo pronto, me han conmovido.

El espectáculo de ver un teatro lleno de escolares que disfrutan una obra divertida y bien hecha, es irrepetible.

Estancias de lo terrible

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En el imaginario de uno como niño, pocas cosas hay que expresen tanto terror como la famosa muerte de la madre en Bambi. Después, esa escena se volvió un clásico del sufrimiento y el dolor, muchas personas que no han visto la película se refieren sin embargo a ese momento. Pasaron los años y volví a verla, me pareció toda ella completamente ridícula. Los animalitos del bosque eran de verdad un poco idiotas y claramente el joven protagonista formaba parte de un círculo gay.

Antes, para los adultos contemporáneos, como se nos llama ahora a los cuarentones, ese proceso de maduración como público tomaba lustros. Por ejemplo, yo veía King Kong en el cine, en funciones de Matinee y todavía me resultaba emocionante, pese a que entonces habían pasado más de cuarenta años de su estreno.

Sin ir más lejos, había antes en el cine una clasificación “D”, para mayores de veintiún años; tuve que esperar a la Universidad para ver La naranja mecánica; vamos, ¡Amor sin barreras era para adultos!

La sorpresa –relativa- es que para los niños y jóvenes de ahora, como mis hijos, ese camino es cuestión de meses. Por ejemplo, mi hija jura, después de haber visto El exorcista, que se trata de una película cómica y una risa similar le provocan películas que antes me daban insomnio.

En cambio, invertir la situación no tiene problemas, cuando vimos El aro, los espié y tenían subidos los pies en la butaca en las escenas climáticas, cosa que yo no hacía solamente por inhibición y kilos.

Parece claro que ir al cine no se construye solamente con lo visto en la pantalla, sino que se adereza con la compañía, el ánimo y la información previa; una cabal experiencia de excursionista del celuloide.

Medicina en tiempos de Bush

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El cuerpo de muchos, cuando se acerca un periodo vacacional, decide que es tiempo de enfermarse, una vez que la responsabilidad laboral entra en receso. En vacaciones como las decembrinas, esa decisión se agradece pues así puede uno estar postrado leyendo, escribiendo algo o desde luego viendo la televisión; películas y series que no pudieron verse durante el año. De estas últimas hay como sabemos algunas que son notables, verdaderas lecciones de guionismo y producción, capaces de crear un universo verosímil que cabe, según sea el caso, en 23 o 43 minutos.

Y ahora, en el último lecho de enfermedad, he podido ver las últimas temporadas de Grey’s Anatomy y Dr. House. Como otras tantas series de “batitas blancas”, esas dos corroboran que el quirófano, la sala de espera, los consultorios, son el territorio ideal para la batalla entre pacientes, enfermedades y curadores. Dejan ver además concepciones de ética y medicina que manifiestan un mundo conservador y hegemónico.

Por ejemplo en Dr. House, el desagradable protagonista tiene como objetivo no la salud del cuerpo, sino descubrir la enfermedad; no sanar, sino descifrar enigmas. Es adicto a un medicamento con opio y tiene a su cargo a tres residentes que poco a poco se van convirtiendo a su particular filosofía: ignorar tanto las peticiones del paciente, a quien ven como un adversario, como la vocación social de la medicina.

El procedimiento alópata se radicaliza, el cuerpo enfermo, como Irak, es bombardeado a la búsqueda de la enfermedad-armamento secreto. El gancho dramático de la serie es que desde luego se encuentra “el mal” y se destruye, aún y cuando de trate de patologías o síndromes que se descubren en los últimos minutos y suelen tener nombres extravagantes tipo Strokapovich o Runskalkalion.

La buena factura de la serie, el cuidado con el que está hecha, la espléndida selección musical, no le quitan a uno la idea de que este Doctor House podría perfectamente ser el médico de cabecera de la Casa Blanca.

Vainilla para actuar

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En un famoso programa de entrevistas a actores, que se transmite por televisión de paga, es frecuente ver a un abanico muy extraño de estrellas de Hollywood. En todos los casos debe reconocerse que el entrevistador tiene un muy buen equipo de investigadores y las preguntas suelen ser muy buenas y pertinentes.

En cierta ocasión entrevistó a Tommy Lee Jones, este solvente actor de rostro “cacarizo” que tiene apariciones notorias en el cine y que hace poco debutó como director. Cuando toca hablar de El fugitivo, cinta protagonizada por Harrison Ford, le pregunta sobre su objetivo como actor. Jones responde, escueto, “trabajar para Harrison”.

Esa aseveración coincide con una de las definiciones de la actuación que más me gusta y expresa a la vez, las virtudes de uno de los postres más formidables, el helado de vainilla: actuar es trabajar para el otro. Es decir, en la medida en que estoy atento y dispuesto a lo que dice mi compañero de escena, mis intervenciones serán más verdaderas y lógicas.

Así es la vainilla: modesta, suave, pero imprescindible. En su encarnación como helado cumple muchas funciones, alivio inigualable para el tubo digestivo después de una alimentación condimentada; compañero solidario del strudel de manzana, tan sólo verlos juntos provoca sentimientos de equilibrio en cuanto a temperatura, sabor, consistencia. También es un suave lecho para trozos de chocolate amargo. Como un buen actor, como Jones, puede ser protagonista a pesar de sí mismo.

A diferencia de la fresa y el chocolate, educados con tenacidad en el monólogo, el helado de vainilla sostiene diálogos espléndidos a cucharadas.

Dignidad del uniforme

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Pedro el Mago Septién, ha sido cronista deportivo de diversas disciplinas por puro descuido profesional, pues sus axiomas y comentarios corresponden más bien al ensayo literario. Algunos de ellos son de leyenda, por ejemplo cuando aborda un momento delicado en el enfrentamiento de dos equipos de béisbol, y llegado el punto de revisar los porcentajes de pitcheo o de bateo, dice inclemente “las estadísticas son profetas que miran hacia atrás”.

La frase es demoledora, por ejemplo, para el futbol mexicano. A lo largo de toda su participación en mundiales, sólo en una ocasión ha llegado a un segundo partido de eliminación directa, jugando de local, hasta ahora el único logro internacional es la copa mundial sub 17 que obtuvo hace un par de años. De acuerdo a la lógica inclemente del Mago, México podría llegar a una semifinal de selección grande hacia mediados de este siglo y a una final en la segunda mitad. La esperanza es lo último que muere.

Mientras, hay cosas que deberían dignificarse en el futbol nacional. La liga es mala y tiene un cierto interés sólo cuando se llega a la etapa eliminatoria. Su nombre era incongruente y ahora es peor, se llamaba torneo de verano al que transcurría en invierno, ahora se llama de apertura cuando acaba el año y de cierre cuando inicia.

Otra es el uniforme, que se ha degradado en todos los casos, unos más, unos menos. Sin cultura de identidad comunitaria de club, importa más el patrocinador que el escudo. Por otro lado, al mirar esas casacas que parecen un rompecabezas de logotipos, uno se pregunta, ¿a qué empresa en sus cabales le interesa mostrar su imagen en la zona de la vesícula en la playera del Puebla, por poner un caso? ¿no es acaso peor para el patrocinador que el equipo juegue horroroso?

Como seguidor resignado de los Pumas, me parece un agravio tener en el uniforme de la mejor Universidad de Iberoamérica, tal cantidad de adefesios publicitarios.

Desde luego pueden mirarse con envidia uniformes de clubes que disputan ligas de gran nivel, como los de la foto. La integridad y limpieza visual también conforman la estadística, el universo de probabilidades pasa también por la dignidad.

Manías de vestidor

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Hace años fui profesor de literatura universal en una preparatoria y una de las clases daba inicio a las siete de la mañana. Recuerdo a una alumna que llegaba un poco antes de comenzar, ocupaba un asiento en la segunda fila y desplegaba en el de adelante un muestrario fenomenal de artículos de maquillaje. Mientras trataba de convencer a la clase que Hamlet no sólo es importante, sino divertido, ella ponía manos a la obra y al cabo de 50 minutos quedaba convertida en copia fiel de una de las cantantes de Fresas con crema, grupo pop de moda en aquel momento.

Recuerdo esa imagen porque hace poco regresé a un club deportivo, al que por razones familiares pertenecí durante toda mi infancia, y no salgo de mi asombro por la cantidad de hábitos –malos- y accesorios –infinitos- que pueden encontrarse en los vestidores de caballeros de ese lugar. Aquí van por lo pronto tres ejemplos:

La casa casillero

Los casilleros son menos que los usuarios, durante el año se juntan los que se van desocupando y cierto día se ponen a disposición de los interesados, quienes llegan a pernoctar para ser de los primeros. Con absoluta discreción he podido asomarme a algunos y puedo afirmar que con su contenido se podrían equipar dos departamentos de interés social o aguantar un naufragio de meses en una isla: ropa, cremas, calzado, libros, reproductores de música, botellas de agua y refresco, galletas, etc.

El jabón existencial

Las duchas tienen un gabinete que al momento de bañarse da cierta intimidad al usuario, sin embargo hay varios que consideran que es importante verse en el espejo mientras se enjabonan, así que salen de la ducha, a veces sin cerrar el grifo, se colocan frente a un espejo y proceden a esparcir la espuma por toda su humanidad, con o sin acompañamiento musical.

El arte del rasurado

Mejor aún que la alumna a la que me referí al inicio, hay quien llega al vestidor con una maleta que en el aeropuerto tendría que documentarse. Cuando entran a los baños, despliegan en el lavabo, cual paleta de pintor barroco, una toalla sobre la cual ponen una cantidad increíble de objetos: dos rastrillos para afeitarse, un crema pre, otra durante y otra post, un peine, un cepillo para cabello, dos cepillos dentales, un hilo dental, un desodorante, dos lociones, por lo menos.

¿Asombro o admiración? ¿ambas?

Bizarrías del doblaje

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En una conversación sobre una puesta en escena, diversos compañeros hablaban sobre sus características como obra “moderna”, su nivel de abstracción, su impecable factura visual, pero el naufragio terrible que se producía cuando los actores comenzaban a hablar. Para definir ese desastre uno de ellos usó una frase certera por devastadora: parecía obra doblada.

En efecto, el doblaje, tan frecuentado en cine y televisión, establece una barrera de credibilidad casi siempre invencible para el espectador. La brillante serie televisiva Frasier, pierde todo su encanto cuando comprobamos que el acento mamón, semibritánico, que utiliza Kelsey Grammer para su personaje, se convierte en un castellano neutro e insípido que deteriora la propuesta de la comedia.

Sin embargo hubo un momento heroico del doblaje que hacían los actores mexicanos, en el cual el micrófono se convirtió en una herramienta flexible y convincente, dándole un valor artesanal de gran factura. Un ejemplo de ello era Víctor Alcocer, que lo mismo encarnaba la voz corporativa de un banco, al detective Kojak, a Blue Demon, o un medicamento estomacal. Justo acerca de éste último, un amigo conservaba una cinta, cuyo contenido desde luego nunca se transmitió, con pruebas de grabación donde actores como el Loco Valdés, Jorge Arvizu “el tata” y el propio Alcocer hacían falsos comerciales del producto, sus tomas estaban llenas de pedos, eructos, que jugaban en un "timing" perfecto con la narración oficial.

Se trataba así, de próceres del trabajo con la voz y la improvisación, que en el caso del doblaje es desde luego más acotada y debe colocarse con la debida precisión. Recuerdo una escena de Batman, la serie televisiva de los sesentas, donde Robin, el joven maravilla, hace su habitual gesto de golpear una mano con el puño de la otra, y en vez de decir “¡santos villanos enmascarados!” o algo así, dice “¡Santa Marta Acatitla!”. En casos así, ocurre a la inversa de lo dicho párrafos arriba, la maravilla de que sea mejor la voz del que hace el doblaje que del original.

Por eso entiendo perfecto a Jorge Lavat cuando en una conversación señalaba, refiriéndose a uno de los protagonistas de la serie El túnel del tiempo, “yo era Douglas”.

Y desde luego pienso en la posibilidad de la siguiente licencia poética: si es el caso de que la obra de teatro que va uno a ver sea aburrida, cosa que se sabrá cuando mucho a la media hora, imaginemos que usamos audífonos y que comezamos a escuchar, en la boca de los actores, a Homero Simpson, a Kojak, a Don Gato, a Benito Bodoque....