El asalto de hi5

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Está claro que para muchos, la llamada brecha digital que divide el uso de esas herramientas de las analógicas, puede tener la amplitud del cañón del Colorado. Me temo que yo soy de esos, como puede demostrarlo la funesta historia que ahora cuento.

Hace unos meses recibí un correo electrónico de una amiga respetable que además de actriz es fanática de la red y sus misterios. El mensaje mostraba estos dos signos :) y decía: fulanita te invita a formar parte de su grupo de amigos, donde podrás compartir, conocer, etc etc, y aparecían los dos vínculos; aceptar y no aceptar.

De momento no me di cuenta, pero en realidad esa disyuntiva, por su trascendencia, era equivalente al cruce de caminos que se le presentó a Edipo para encontrarse fatalmente con su padre en la tragedia de Sófocles, o a la decisión de obrar en sueño o en vigilia de Segismundo en el clásico de Calderón de la Barca.

Como uno está educado a decir que sí a cualquier descarga de herramientas de internet, pulsé “aceptar” sin saber que estaba saltando al abismo. La que sigue es una relación de descubrimientos posteriores que me parecieron absolutamente horrorosos: 1, los usuarios de ese sitio son adolescentes de 15 a 40 años en situación de ligar, 2, funciona como una cadena, en cuanto acepté, todos mis contactos recibieron una invitación de mi parte para incorporarse al jubiloso sitio. Esto es, a diferencia de la carta anónima que todavía aparece por la casas, diciendo que sacar copias y continuar la cadena traerá fortuna asegurada, mientras que
no hacerlo desgracias terribles como la ocurrida al presidente de Brasil -así dice-, ésta de la red viene con el nombre y el correo de uno, 3, todos los contactos quiere decir todos, algunos la eliminaban y otros, al aceptar, incorporaban a los suyos propios. Algunos de los primeros, cuyo ámbito profesional es académico, daban por hecho que yo había sido víctima de algún “hacker”, pues les parecía inconcebible recibir semejante frivolidad de invitación.

Claro que hay quienes disfrutan de ese portal y lo usan para herramienta de promoción de su imagen y por tanto hasta les resulta provechoso. Para ellos no tiene mayor problema ver en el monitor algo como :) , a mi la verdad me provoca :(.

El hermano Fernando

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Esto del regreso a clases es una buena oportunidad para recordar a un profesor, hermano lasallista, que tuve en la Escuela donde pasé la mayor parte de la primaria y secundaria.

Hablar bien de él, significa en contraste hablar de los que fueron horrorosos y de la gran variedad de castigos físicos que eran pilar de su metodología. El de civismo, por ejemplo, aplicaba un certero golpe en el antebrazo que provocaba inflamación inmediata, una “bolita”, y nos aumentaba puntos a cambio de fotos de Irán Eory. La titular de cuarto año, un ser atroz, nos jalaba de las patillas para aprender a hacer correctamente las pausas en una lectura. El de quinto, idéntico al Guapo Ben de Los cuatro fantásticos, era especialista en lanzar el borrador a través de los metros y metros de salón a quien hiciera un poco de desorden. Eso por no hablar de las infaltables confesiones mensuales con curas cansados y somnolientos.

Por todo ello, llegar el primer día de clases a mirar las listas que se pegaban en unos postes, donde se señalaban cómo se habían dividido los grupos “A” y “B”, era casi como enterarse de si uno estaba sentenciado a las minas de sal o a Lecumberri.

En cambio el milagro ocurrió en sexto año. El hermano Fernando era muy joven, de trato amable, nos hacía cantar en italiano, organizar campamentos memorables, ganar todos los premios posibles de la primaria, consistentes en “minutos”, que al irse acumulando de quince en quince permitían armar un día libre. Pero creo que su mayor gloria fue participar en el concurso de poesía de cada año con un texto de ¡protesta! en formato coral, sobre el racismo en los Estados Unidos. Así es que entre el recitado de En paz de Amado Nervo y Cuando sepas hallar una sonrisa, de González Martínez, aparecíamos unos ocho compañeros, con cara, manos y tobillos pintados de negro, diciendo cosas como: “Nos tratan de antemano de ladrones/ desde que estamos formándonos callados/ en el vientre renegrido de la madre”.

Desde luego perdimos el concurso y el querido hermano Fernando ya nunca dio clases en esa escuela. Pero a mi, a la fecha, me sigue dictando cátedra.

Carta a Julianne

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Señora Julianne Moore:

Me dirijo a usted para expresarle algunas opiniones personales y por ello conviene antes hacer algunas aclaraciones. Primero la del idioma, le escribo en castellano por comodidad y porque hacerlo en inglés me haría sentir un poco inseguro, sentimiento que usted por lo que se alcanza ver no conoce. La única desventaja es que así le tengo que hablar de usted, ni modo. La otra aclaración es que éste es un blog, o sea un espacio público. Pero despreocúpese, además de quien esto le escribe, es posible que sólo dos o tres cibernautas despistados se enteren de este saludo tan personal.

Su carrera como actriz de cine se ha cruzado con la mía de espectador en muchos momentos, desde aquellas en que usted aparece como profesionista o ama de casa de “suburbios” y que llegan a ser notables, como Short cuts, de Altman, hasta otras más recientes donde usted ya aparece como estelar, tipo Boggie Nights o Far from Heaven.

Aunque también hay desde luego trabajos más alternativos, como el legendario texto de Samuel Beckett, Not I, dirigido por Neil Jordan. En esa obra la protagonista se llama Boca y literalmente es una boca que escupe palabras, así es que usted da cuerpo, con su boca, dientes, lengua y saliva, a esa peculiar entidad.

Pero esta pequeña carta es nomás para reconocer su capacidad para saltar sin red. Me refiero a esa buena película que se llama Magnolia, donde usted interpreta a una mujer cuyo anciano y millonario esposo está a punto de morir y por tanto de dejarle millones y millones de dolarucos. Es una historia que conjuga a varios personajes en situaciones complicadas e intensas y en donde hay una escena que me encanta: casi al final y sin que venga a cuento, esos protagonistas, desde sus circunstancias diversas, ¡cantan! una canción de Aimee Mann que se llama Wise up.

Pues bien, hace poco vi una larga entrevista a P.T. Anderson, director y guionista, y en algún momento lo abordaban en específico acerca de esa escena, él confesaba la dificultad enorme que tuvo, pues los actores no querían cantarla, les parecía que era absurdo que en los momentos devastadores que vivían, pudieran ponerse a cantar una balada pop; dijeron que no. Sin embargo la escena se logró, y sólo fue posible porque según narra Paul Thomas, alguien dijo “pues yo sí la canto”. Desde luego se trataba de usted y después de usted, todos dijeron "ni modo que yo no" y la cantaron, justificándolo de acuerdo a la situación de cada uno. La escena es espléndida y sintetiza todo el espíritu de esa cinta.

Es como tener claro que a veces hay que dar pasos que no se sabe a dónde van, aunque en apariencia los suyos siempre se dan bien.

Para llevarle la contra a otra canción, ahora de Compay Segundo, a veces hay que dejar el camino para tomar la vereda.

¿veinte años no es nada?

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Veinte años de The Joshua Tree

Existe aún en el cuadrante de FM una estación que se llama Radio Universal, “tu gran compañera”, que se caracteriza por su repertorio sesentero y básicamente fresón de canciones en inglés. De los Everly Brothers a los Beatles, de Paul Anka a Elton John. De tanto en tanto han ido agregando “novedades”, como los Bee Gees o Barbra Streisand y desde luego es motivo de burlas hacia los conocidos que gustan de esos legendarios álbumes.

Pero la nostalgia es inclemente y la sonrisa irónica se me desdibujó del rostro cuando me di cuenta que el grupo The Police ya era parte del acervo, pero el colmo de los colmos fue descubrir que lo mismo ocurría con ¡U2! No es posible, pensé, y me puse a buscar el disco legendario de The Joshua Tree, para descubrir que sí lo tenía, pero en acetato, y que este año cumple veinte de haber sido grabado.

Ese tiempo le ha sentado de maravilla, la notable portada en verdad expresa un mundo sugerente, limpio, íntimo, cercano al blues, con varias rolas que la mercadotecnia abarata y que a pesar de ello resisten, otras de vuelos líricos, que dicen por ejemplo:

You gotta cry without weeping
talk without speaking
scream without raising your voice
you know I took the poison from the poison stream
then I floated outta here

Ahora, veinte años después, Bono se ha puesto unos kilos encima, apoya iniciativas a favor de países jodidos, regaña a Bush hijo y pasea de la mano con Penélope Cruz, mientras en algún taxi desprevenido, uno escucha Where the streets have no name.

El gusto (2)

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La astucia del limón

En una declaración de hace pocos días, el destacado pianista Chucho Valdés, decía acerca de la relación entre su gremio y los cantantes, que “acompañar es más difícil que tocar solo. El pianista tiene que servirle la mesa al cantante para que se sienta bien”. Ocurre igual con los acompañantes de lo que solemos llamar plato fuerte, o aún la propia corte de una simple ensalada. Su misión es dar foco a lo que el paladar supone como glorioso y prepara el terreno degustativo para que la celebración pueda tener lugar.

Con sencillez, una rama de brócoli con algunos guisantes, o una berenjena preparada con corrección, se pueden convertir en un oasis en la mesa, al poder recurrir a ellos para dar otro ritmo y calidad a la charla y a la degustación.

Sin embargo un acompañante ha saltado todas las trancas del decoro: el limón. Su sabor no sugiere, impone. Una de sus víctimas favoritas son el pescado y los mariscos. Todo esfuerzo en la preparación y presentación se vendrá abajo al recibir el primer chorro del cítrico, si tal acción se hace en España, es posible que también los ojos del comensal y sus acompañantes sean alcanzados, pues en la península, quizá para desalentar su uso, suelen cortarlo no por el Ecuador, sino por el meridiano de Greenwich.

Pero la cosa no acaba ahí, el pobre jugo de carne es otra víctima, la sopa de fideos, la cerveza, la carne asada, la cecina; es decir, casi cualquier clase de platillo.

El limón es un patiño que quiere ser protagonista, como pianista manco. Ante tanto abuso, su mayor gloria, una limonada fresca, pasa desapercibida.

Patrimonio y humanidad

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Siempre ha estado ahí, la he recorrido tanto y de tantas maneras, además de la cosa formal de haber pasado como estudiante y luego como profesor.

Por ejemplo, en las tardes, después de un aguacero, se podían recoger pequeñas piezas de vidrio que se desprendían de los murales de O’Gorman de la biblioteca central, o jugar un partido de futbol en el jardín de los cerezos de Filosofía, en el que decidieron plantar árboles después de algunos vidrios rotos. O recorrer “las islas” tantas veces de ida y vuelta para hacer algún trámite, o para pasear de la mano de la novia enamorada, o ensayar poesías corales de Miguel Hernández, de César Vallejo o Vicente Huidobro en alguna parcela de ese enorme territorio, o desafiar al aparato digestivo pero vencer al hambre con alguna torta en el puestecito fijo de allí nomás bajando la escalera. O de plano lograr prodigios alquímicos preparando bebidas, que no sabían tan mal, mezclando "titán de piña" con vodka "oso negro".

Ahora la UNESCO se dio cuenta y otorgó el título, pero para mi Ciudad Universitaria siempre fue patrimonio de mi humanidad.

Hacia un libro rojo de la actuación

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Quien ha pasado en algún momento por un aula de teatro, como profesor o como alumno, sabe que hay un enorme territorio de riesgos, responsabilidades, descubrimientos que llevan al gozo o al dolor. Sin embargo, estas líneas no pretenden reflexión académica alguna, al menos no en primera instancia, sino abrir un espacio descarado para la anécdota, sobre todo si la memoria está a punto de poner en la papelera de reciclaje aquel momento en que un profesor de voz enseñaba el verso con la sílaba Ta. Su indicación para cerrar enfáticamente un enunciado era por ejemplo: ta tá ta taaaaa ta tttttaaaaá....

En fin, aquí van dos:

El profesor H llegaba a su clase de las cuatro de la tarde con un pequeño televisor portátil y al cabo de algunos minutos interrumpía la actividad que se estuviera desarrollando y decía a sus alumnos: “muchachos, ustedes saben que el actor debe manejar distintos lenguajes además del teatro. Y uno de los más importantes es la televisión, las telenovelas, así que como parte de la clase vamos a ver la que se está transmitiendo, en la que yo salgo, para que ustedes puedan analizar mi trabajo”. Y en efecto, los muchachos se soplaban la telenovela con todo y comerciales.

El profesor B sostenía que el actor debe entrar de inmediato a distintos estados de ánimo y ponía el siguiente ejercicio: cada estudiante debía salir unos instantes y luego volver a entrar al aula, con llanto en los ojos. El profesor enfurecía porque todos los intentos eran vanos, exagerados, falsos, inútiles, hasta el último estudiante, un actor regordete que es ahora una luminaria de la escena. Franqueó la puerta con lágrimas de verdad, de inmediato fue puesto como ejemplo a sus compañeros, “ya ven, así se hacen las cosas....¿cómo lo lograste?” “Me arranqué un pelo de la nariz, profe”.