El paraíso del camaleón
Estamos solos en la selva
y nadie puede venir a rescatarnos
estoy muriéndome de sed
y es tu propia piel la que me hace sentir
este infierno.
Soda Stéreo, Juego de seducción.
Hago un mapa de momentos de vida en los que haya habido un combate extremo entre ideas y emociones. Un punto medular son las elecciones de México en 1988. Cárdenas. El fraude. La caída del Sistema. Salinas. Pero en esas mismas coordenadas están Soda Stéreo, Los caifanes, mis suspiros por una estrella de televisión que se llamaba Laura Flores.
Todo cabe en el vocho verde en el que iba de casilla en casilla, como representante del PMS, reportando con júbilo resultados favorecedores.
Más de veinticinco años después miro dónde están desperdigadas las querencias y cómo me relaciono con ellas. A veces son territorios donde se empantanan convicciones con incapacidad para tomar responsabilidades y salir adelante.
Giro mi cabeza del volante del vocho a los tripulantes. Veo con perfección a los cuatro jóvenes de ésta obra, los reconozco, me reconozco y puedo elaborar con ello algo para la escena, mientras subo el volumen del radio análogo, giro la perilla de la sintonía y escucho una lista inverosímil de canciones.
Por ello la colaboración imprescindible de Alberto Castillo, compartimos referencias, profesores, y yo admiro su dramaturgia, viva, ingeniosa, profunda. Entiende, como todo el equipo, que en el cuadrante radial rasgue la voz de Luis Eduardo Auté, cuando enuncia una frase clave: el paraíso del camaleón. ¿Cambiamos para sobrevivir o mejor mantenemos un ojo grande y vigilante sobre el depredador?
Jim de la Selva
Dos rasgos notables de mi padre eran su vocación de explorador y su capacidad de encontrar humor en los momentos de mayor desasosiego. Ambos se mostraron con toda claridad en uno de los mayores desastres de paseo familiar del que tengo memoria: una visita navideña al Ajusco.
El 25 de diciembre de 1975, fuimos en expedición "muégano" una veintena de personas a esa zona montañosa del sur de la Ciudad de México, así, por el puro gusto del paseo, sin llevar alimentos ni bebidas, a eso de las cuatro de la tarde, en el entendido de que era una "explorada" que no tomaría más de una hora.
En realidad tomó casi veinticuatro, pues nos perdimos entre centenares de árboles, algunas cañadas y muchas estrellas. Como a las siete de la tarde, cuando todo apuntaba directito al iceberg, ocurrió el siguiente diálogo entre una prima y mi padre:
- Oiga tío, se me hace que ya nos perdimos.
- Jim de la Selva no perderse.
Se equivocó, Jim de la Selva y otros 18 nos perdimos. Toda una noche de gritos acompasados de una, dos, tres...¡auxilio!, frío que calaba, temor de ruidos extraños que pudieran encarnar a pumas o coyotes, la luna llena confundida con un poderoso reflector del cuerpo de rescatistas, sensación de vacío en las tripas, mucha sed, caminatas inacabables en fila india que luego supimos eran circulares, esporádicos descansos con todos hechos bola; recuerdo que mis labios se reventaron por el aire helado.
Al día, siguiente, entrada la mañana, salimos por fin a un camino y fuimos a dar a un pueblo llamado San Nicolás, en la delegación Magdalena Contreras, donde atendimos con voracidad el hambre en un puesto callejero de cacahuates: salados, garapiñados, japoneses, enchilados.
Luego el regreso a casa en autobuses públicos, en avenida Miguel Ángel de Quevedo, los titulares de la primera edición de la tarde: ¡16 perdidos en el Ajusco! Éramos nosotros, nos encontramos.
Pasaron cuarenta años, mi padre murió hace diez, y yo, ante veredas enredadas y bifurcaciones en el camino, pienso y digo: Jim de la Selva no perderse.
Apetito escénico
En la ciudad de México hay una gran exhibición de espectáculos escénicos, en un fin de semana, la cartelera ofrece alrededor de una centena entre teatros públicos, privados y salas alternativas.
En dicha oferta pueden encontrarse platillos para todos los gustos, por ello quiero detenerme en esta reflexión proponiendo un enfoque culinario: ¿para quién cocinamos en la escena nacional? Creo que en muchos casos la mirada al que ve y oye se ha vuelto nebulosa, tan parcializada que a veces se parte del retrato hablado de alguien con estudios especializados en teatro, afín a las últimas modas sobre la CREACIÓN teatral. ¿Cocinar para los mismos chefs? ¿O inventar platillos de sabor, aroma y aspecto sugerente y misterioso para un comensal cualquiera que esté bien dispuesto?
Al lado de producciones privadas de buen nivel que sin mayores aspavientos paralizan el tráfico de avenida Insurgentes, como El curioso incidente del perro a medianoche, pueden verse producciones alternativas que celebran el éxito de llenar salas para 25 asistentes.
Hace más de diez años la comedia televisiva Friends, planteaba premonitoriamente los excesos a los que podría llevar la indagación escénica que no mira al comensal: un personaje citadino, Chandler, sin relación con las artes es invitado a ver un monólogo que lleva por nombre ¿Por qué no te gusto? Una mujer que se amarga la vida, sus amigos no llegan a la cita y él decide entrar y entonces sufre un evento de tres horas a todas luces aburrido. Su venganza: decirles que es un espectáculo increíble, comprarles boletos, llevarlos a primera fila y escapar en tercera llamada.
¿Un platillo de autor que sea insípido tendrá éxito sólo con la firma? Por supuesto que no, todo se verifica en la pericia de los saberes e ingredientes y sobre todo en la claridad de lo que se quiere obtener.
La necesidad de ver, de mirar, no sólo está en el lector o espectador, sino en los propios creadores, ¿a quiénes miramos en las butacas? ¿una imagen narcisista de nuestro “yo” espectador? ¿o alguien interesado en el teatro a quien ofrecer generosamente la degustación del trabajo?
No mirar al espectador ciudadano, ignorar sus gustos y apetencias puede hacer nebulosa la práctica y consumo del teatro. Es decir, ofrecer platillos no sólo mal preparados, sino que no corresponden a la expectativa emocional e intelectual del comensal, platillos de cocina molecular a quien espera un taco al pastor bien aliñado.
El hambre se sacia, el apetito se atiende; estaría bueno procurarlo así en la escena, a la salida ya podremos compartir el pan y la sal, aderezados con la charla sobre lo que recién hemos visto.
Beckett dirige Beckett
Para Denise
• Lo demás es Ibsen: del texto al objeto dramático
Los trabajos teóricos en torno a la producción de Beckett son profusos, no sé qué tanto de lo que dicen eminentes especialistas se relaciona con lo esencial de su obra y qué tanto con lo que otros colegas opinan, en todo caso esos materiales allí están para consulta, con novedades editoriales continuas. Tres imprescindibles: Damned to Fame, The Life of Samuel Beckett, de James Knowlson, The Grove Companion to Samuel Beckett, de C.J. Ackerley y S.E. Gontarski y la edición centenaria de James y Elizabeth Knowlson , Beckett Remembering Remembering Beckett.
Para ir encauzando la vereda hacia su trabajo en escena, conviene detenerse en su formación en el ámbito de lo teatral, pues no hay que olvidar que cuando debuta como dramaturgo lo hace ya teniendo cierto prestigio como poeta, narrador y académico. En ese territorio puede descubrirse la formación de un espectador asiduo al teatro desde muy joven (una vez a la semana), al cabaret, sobre todo el decadente de Karl Valentin y al cine, en particular el cómico estadounidense (cuando le preguntan por el reparto ideal para Vladimiro y Estragón, responde que Stan Laurel y Oliver Hardy).
Además, conviene precisar que no se trata de un autor dado difundir las constantes de su proceso creativo o a relacionarse socialmente con colegas escritores; por el contrario, en él puede observarse una tendencia a no integrarse al medio teatral. No obstante, su obra primordialmente es dramática y como elementos que estimularon su decisión de escribir para la escena pueden señalarse tres fundamentales: la dramaturgia permite al autor el control de la situación, los movimientos y las palabras de los personajes; el teatro hace posible la significación a través de un tipo particular de iluminación; el autor de teatro dialoga, de alguna manera con lo real circundante, debido a la retroalimentación inmediata con los espectadores.
El arribo de Beckett al escenario fue meticuloso y muy preparado. La elección de Roger Blin (1907-1984) como director de Esperando a Godot fue resultado de un seguimiento cercano al espionaje, consideraba que su montaje de Sonata de espectros, de Strindberg, destacaba por la seriedad y cuidado que el director demostró por respetar el espíritu del autor sueco, y se aseguró de ello al asistir en dos ocasiones diferentes al teatro, releyendo el texto entre la primera y la segunda. Asunto aparte es que no asistió al estreno de su ópera prima, una entrevista de Mel Gussow testimonia que
Él odiaba ver sus obras, lo ponía extremadamente nervioso y autocrítico. “Veo todos mis errores”, decía. Por el otro lado le gustaban los ensayos. En ensayos podía corregir errores (Gussow, 1996:74, traducción libre de IE).
La producción dramática de Beckett posterior a Final de partida, se fue radicalizando tanto en aspectos conceptuales como formales: reduce la duración de los textos, integra gráficos a las acotaciones escénicas, el cuerpo del personaje está desmembrado, cada parte puede expresar autonomía, con frecuencia en rebelión respecto a la voluntad, la palabra expresa pensamientos no lineales y no es sujeto de control, los personajes pueden no tener antecedentes en las obras, nacen en la escena misma, la anécdota no tiene importancia, aunque hay una cierta propuesta de narración.
Una de las relaciones más interesantes, contradictorias y fructíferas que tuvo con directores de escena fue con Alan Schneider (1917-1984), especialista en piezas claves y exitosas estrenadas en la década de los sesentas del siglo pasado, como ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee. En un espléndido libro editado por Maurice Harmon que compendia la correspondencia entre autor y director, No author better served, se da cuenta de la batalla de un director acostumbrado a trabajar con herramientas de teatro de realismo sicológico como antecedentes y circunstancias, para comprender la lógica del breve texto No yo, en el cual la protagonista es una boca que habla desaforadamente con la mediación de innumerables puntos suspensivos.
Director: Estamos asumiendo que ella está en una especie de limbo. ¿Muerte? ¿Después de la vida? Como le quieras llamar, ¿cierto?
Autor: Éste es el viejo asunto de la supuesta información privilegiada del autor, como cuando Ralph Richardson quería la información secreta y los antecedentes de Pozzo, antes de poder considerar el hacer el papel. No sé más de dónde está ella y qué hace. Todo lo que sé está en el texto. “Ella” es puramente una entidad escénica, parte de una imagen escénica y portadora de un texto escénico. Lo demás es Ibsen (Beckett-Schneider, 1998: 279-283).
Ya algunos, años antes, en una carta al poeta George Reavey a propósito de Los días felices, el autor ponía número a la casa, no se trata de texto o situación dramática, sino de un objeto dramático: expresión escénica mínima, piezas sin progresión en el relato y movimiento reducido a lo esencial, incluso a veces sin palabras y con la mayor frecuencia de duración breve.
Es decir objeto dramático y entidad escénica en vez de texto y personaje.
• De Jessica Tandy a Billie Whitelaw
La necesidad de indagar en la expresión escénica provocaría un traslado de Beckett al campo de la dirección escénica y también allí abriría camino (Harold Pinter o David Mamet, por ejemplo). Ese cambio tiene que ver con su profusa historia como espectador y la más radical y reciente como dramaturgo, asumiendo así que con frecuencia es necesario hacer ajustes de movimiento, tiempo e intenciones actorales, y nada mejor que hacerlo desde la escena misma,
Mientras dirijo encuentro superficialidades, tanto en el texto como en las acciones (Gussow,1996:37).
Sin duda, uno de los mayores desafíos es la relación con los actores, cuyas metodologías de trabajo se encontraban lejos del referido objeto dramático beckettiano.
Ya desde antes de debutar como director, detectaba a aquellos que en particular le interesaban para participar en sus proyectos y buscaba la manera de insistir en ello, de allí que persiguiera a Joan Plowright para estrenar Los días felices, su rostro redondo sin duda hubiera funcionado para la obra, pero las complicaciones en la vida personal de ella lo impidieron. Para La última cinta de Krapp, tuvo como primera inspiración la voz del actor irlandés Patrick Magee, para quien la escribió, esa participación tampoco se pudo concretar.
Transcurrirían varios años hasta que su prestigio, premio Nobel incluido, le abriera las puertas a espacios y elencos muy prestigiosos.
Por ello me parece importante mencionar un caso previo y muy significativo de osadía actoral, el de Jessica Tandy (1909-1994), reconocida primera actriz del teatro neoyorkino, nada menos que la primera Blanche Du Bois, dirigida por Elia Kazan, y que luego tuvo esporádicas intervenciones en el cine, la más conocida, por la que ganó un Oscar, fue El chofer y la señora Daisy.
Para un programa doble en el Lincoln Center en noviembre de 1972, dirigido por Schneider, Tandy hace en programa doble a Winnie de Los días felices y a Boca en No yo. Vaya valor ante el riesgo de enfrentar así una dramaturgia tan desafiante. El proceso de producción incluyó un viaje a París para entrevistarse con Beckett, quien sólo pisó suelo estadounidense en una ocasión, con motivo del rodaje de Film.
Sobre ese encuentro Tandy explica:
Yo quería cualquier cosa que pudiera obtener de él. Y lo que obtuve fue la indicación de que Boca no tenía control sobre sus palabras. Simplemente brotaban. Esto fue una cosa maravillosa para retener en mi cabeza. Lo que quería decir era, descubrí, que no debes pensar en lo que estás diciendo. Simplemente tenía que dejarlo salir (Knowlson, 1996:523).
Beckett encontraría años después diversos actores con quienes estableció una relación profesional intensa y profunda, el trato con ellos y la exploración creativa que realizaban le permitía indagar aspectos que quizá no tenía previstos como dramaturgo.
Un caso muy especial es el de la actriz Billie Whitelaw (1932). En esa colaboración registrada en diversos documentos y entrevistas, es posible notar el tiempo que ocupaba en preparar los montajes. Ella también hizo No yo y bromeaba diciendo que esa boca balbuceante y en pelea continua terminaría por ser enterrada a su lado. Precisamente algunos de sus testimonios, como una charla con Mel Gussow, dan fe de cómo Beckett podía hacer una reescritura del material dramático que apuesta por llevar a sus últimas consecuencias su necesidad por el mínimo expresivo, para conciliarlo con una contención emotiva cargada de significado.
B.W. Usualmente tomo lo que dice y lo llevo un poco más allá. Él está siempre atemorizado de que sus cosas sean demasiado emocionales. Cuando él dice “quítale toda la emoción. Sin color, sin color”, creo que lo que quiere decir es “sin actuar”.
M.G. Pero No yo está llena de emoción. Es un frenesí.
BW. Él se mantuvo en lo dicho, “plano, no emoción, no color, plano” y yo decía “sí, sí”. Creo que a lo que finalmente llegaba era a algo no actuado, sino que simplemente ocurría. Para mi, lo que pasaba con No yo era un terrible grito interno, como si cayera de espaldas en el infierno. Era el grito que nunca lancé cuando mi hijo estaba desesperantemente enfermo (Gussow,1996:85).
El nivel de complicidad entre el director-dramaturgo llegó a tal punto, que Whitelaw lograba negociar la duración de las pausas, de tres puntos suspensivos a dos. Así, quedaba constancia de la permisividad de Beckett con el actor co-creador una vez que le daba tal reconocimiento.
Es por ello natural que los actores se hayan familiarizado más con los desafíos de su teatro, y que haya un profusión de montajes del mismo, en una especie de exorcismo a su horror al éxito y la fama. De ello puede dar cuenta la producción en 2001 de Beckett on film, 19 producciones cinematográficas basadas en sus obras y que destaca por la solvencia de los actores y directores que allí participan.
Siempre quedará el deseo de que esas visitas continuas a su repertorio logren espontaneidad, rigor, capacidad de sorpresa y contraste; como ver la meticulosa destrucción de mobiliarios y cuerpos en un corto de Laurel y Hardy.
BIBLIOGRAFÍA
• ACKERLEY, C.J. Y S.E. GONTARSKI, THE GROVE COMPANION TO SAMUEL BECKETT, NEW YORK, GROVE PRESS, 2004.
• BECKETT, SAMUEL Y ALAN SCHNEIDER, NO AUTHOR BETTER SERVED, THE CORRESPONDENCE OF SAMUEL BECKETT AND ALAN SCHNEIDER, HARVARD, HARVARD UNIVERSITY PRESS, 1998.
• GUSSOW, MEL, CONVERSATIONS WITH AND ABOUT BECKETT, NEW YORK, GROVE PRESS, 1996.
• KNOWLSON, JAMES, DAMNED TO FAME, THE LIFE OF SAMUEL BECKETT, NEW YORK, SIMON & SCHUSTER, 1996.
El baile íntimo
Para Tsayamhall, Verónica, Fernando e Isaí
Un momento terrible de las fiestas familiares de antaño era cuando el grupo de las “tías”, primas de mi madre, se dirigían al sector de jóvenes para sacarnos a bailar piezas clásicas del baile de salón, cha cha cha, mambo o rock and roll. Yo casi me quería esconder bajo la mesa, pues consideraba que bailaba horrible. Pero no era lo común, muchos de los atacados lo hacían muy bien. Mi hermano destacaba tanto sacando brillo a la pista que era popularmente conocido como “el tíbiri”.
Y lo curioso es que el movimiento y el baile me fascinan. Una fantasía es la siguiente: salón de fiestas, mesas pletóricas, en medio de todos, cruzo la pista para ir al baño, todo se oscurece y un potente seguidor me señala, pausa incierta y casi de inmediato arranco con un solo virtuoso de baile al mejor estilo de Fred Astaire.
En mi trabajo como director de escena he incorporado a diversas secuencias coreográficas y llegué al punto de querer indagar a profundidad en un espectáculo que consistiera sólo en movimiento. Se llama Muebles en la cabeza, trata de mudanzas y separación de amantes, los artistas escénicos que me acompañan en ese salto sin red son los del Colectivo Escénico el Arce.
Tuvo una temporada breve en primavera en El Milagro, algunos colegas de teatro decían que hacían falta palabras, otros de danza, que era parte de una tendencia superada por los coreógrafos, una bailarina exponía una frase con aroma de misterio: “hace falta poner en crisis el movimiento desde el movimiento mismo”.
Ahora se presenta de nuevo, sólo cuatro funciones, en Un Teatro, Nuevo León 46, colonia Condesa, los jueves 6, 13, 20 y 27 de noviembre a las ocho de la noche.
Detrás de esos setenta minutos de relación con movimiento, yace mi secreta aspiración de formar parte de algún batallón zombie que ejecute, con precisión y alegría, las secuencias de Thriller, del gran Michael Jackson.
El látigo sutil de Z
Para un ejercicio de la materia de dirección de actores del CUEC, Armando Casas nos convocó a unos amigos de la Facultad para preparar una escenificación de la que nebulosamente recuerdo un ambiente de cantina rascuache, con el clásico aquel de Los terrícolas de fondo, “Y mis sentimientos/No los cambiaré jamás/aunque sufra este tormento/me quedas tú…” . Allí se desarrollaba una situación violenta entre dos personajes, mientras un tercero daba cuerda a un osito de peluche que se ponía a recitar un poema de William Blake.
Convencidos de que se trataba de algo rete original y poderoso, llegamos a presentarlo a un aula del plantel aquel de la calle de Adolfo Prieto. El profesor hizo pedazos la propuesta de mi amigo y la reestructuró relacionando a los tres personajes en escena y resolviendo en acción un conflicto que había detectado de inmediato. El oso de peluche y Blake se fueron, pues no tenían utilidad alguna, sino que se trataba simplemente de detalles “putitos”.
El profe tenía enorme capacidad crítica y una mano pedagógica precisa, dirigida a intervenir en los hechos el objeto propuesto, a veces en los terrenos de una incorrección política bastante ácida y polémica: “nacos” por estudiantes, “esclavos” por colaboradores. Se trataba desde luego de Raúl Zermeño, conocido en el corredor de escolapios como “Z”, la de Zorro, Zar, Zoroastro.
Esquivados los dardos de la acidez y la incorrección, aparecía su profunda solvencia académica y capacidad para profundizar, que pude seguir en distintos frentes, desde el mencionado en el ejercicio de actuación para cine, talleres para actores y directores, cursos de actualización para profesores de teatro de escuela superior, donde gozaba de alto reconocimiento de los colegas y sus asesorías para un programa de maestría en dirección en la ENAT, donde, si se me permite la claridad de la expresión, nos pendejeaba todo el tiempo.
Visto a la distancia, creo que uno de sus mayores méritos académicos era poner en evidencia el falso atisbo de genialidad del estudiante de dirección, para desmenuzarlo y ponerlo en su pírrica dimensión, en la que acababa simplemente como un detalle “padrote”. Siempre que veo un espectáculo con máquina de humo, uno de sus ejemplos favoritos, me acuerdo de él y pienso en qué es lo que se esconde detrás de esos vapores con aroma de vainilla.
Un aspecto clave de la trayectoria de Raúl es la cohabitación del espacio profesional y académico que terminan por ser uno solo; predicar con el ejemplo, pues: la limpieza, precisión y eficacia de su montaje del clásico de Ibargüengoitia El viaje superficial, en el Juan Ruiz de Alarcón, su versión personal y osada de El mercader de Venecia, del proyecto Shakespeare de la CNT, o su ejercicio de examen profesional de estudiantes de Actuación con Los signos del Zodiaco, de Magaña, que me dejó con el ojo cuadrado por la metáfora escénica con la que sintetizó el universo miserable de esa legendaria vecindad: un ring de box donde los personajes se madreaban todo el tiempo.
Más allá de sus varias y conocidas apariciones en escena como actor, me entusiasma y divierte el recuerdo de la teatralidad de su imagen, la figura espigada, los suéteres de lana, la cachucha, los inefables botines y por supuesto la mirada profunda y verde que enmarca la boca que se aflauta para decir “¿cómo estás, manito?”. Yo allí voy, Raúl, tratando de limpiar mi escena íntima de ornamentos, por más “padrotes” que puedan verse.
En el principio fue el balón, por Teófilo Guerrero
Una colaboración invitada, de la cual me siento muy honrado, del teatrista tapatío Teófilo Guerrero.
(El juego de trayectorias como modelador de discurso, o vamos dándole ollazos, que el que persevera alcanza)
Partimos del balón en la media cancha: los unos y los otros en su territorio, conservando sus posiciones de partida, que quien sabe si serán las que van a terminar conservando en razón de conseguir una de las tantas metas durante el desarrollo del juego. Pero también partimos del escenario, el espacio vacío, la palabra, la acción, y la figura (actor, personaje, presencia o sombra) que aparece en un estado, al que seguramente no va a regresar, pues el tránsito que comenzará también implica cambio e irreversibilidad. En esta Ponencia se explora la relación entre discurso, tiempo y espacio, desde sus instancias de conjugación y sentido, estableciendo una analogía con el principio de estrategia en el futbol, en el marco espacio-temporal la convivencia entre objetos y fenómenos como generadores de una realidad-otra: fugaz y significativa, a partir de la noción de deseo como fuerza impulsora.
Comenzaré conjurando los lugares comunes para descartarlos de una vez y no caer en ellos, aunque la verdad es que en un tema como el que nos ocupa es complicado hacer regates tan continuos sin caer en fuera de lugar:
Dar tiempo al tiempo (Incluidos los minutos de compensación)
El tiempo es la medida del hombre (105 por 68 mts. es la medida del universo
verde del juego del hombre)
Hay más tiempo que vida (Pregúntenle al Cruz Azul en su más reciente final contra el América...)
Aquí y ahora, y Nadie se baña dos veces en el mismo río (Postulado impugnado por Lionel Messi el 18 de abril de 2007 frente al Getafe, al repetir paso por paso el gol anotado por Maradona a los ingleses en 1986).
Conjurados los lugares comunes, doy paso al tiempo concedido para la presente ponencia.
1
Un hombre a borde de cancha en la banca, sus jugadores van saliendo cabizbajos y escupiendo la grama copiosamente. El hombre tiene la mirada fija en el diámetro que marca la media cancha, sin mirarla realmente. El marcador que no se atreve a ver, sentencia: su equipo pierde por tres a cero, y a partir de ahora sólo tiene catorce minutos con treinta y dos segundos de descanso, y cuarenta y cinco minutos de juego para remontar. Tiempo y espacio se han comprimido a esa mancha verde con blanco que mira obsesivamente.
Es la nada. De inmediato alguien, fuera de ahí, en otro lugar podría equiparar el sentimiento de nuestro hombre con el del personaje del excepcional actor Oleg Yankovsky, en Nostalghia, de Andrei Tarkovsky, cuando en una escena enfrenta súbitamente la incertidumbre durante menos de un segundo; pero eso no va a suceder, quien podría hacerlo está en el teatro, con el mismo sentimiento, pues se encuentra a punto de entrar a escena, y no existe absolutamente nada, nada. No hay tiempo, no hay espacio, sólo la infinitud de un momento.
Un grito en la tribuna despierta al hombre con todo y su pantalón largo, es su hijo de once años: “¡vamos papá”, sí se puede! Luego viene un destello súbito en el pecho, el deseo, y con este llegan aparejados los objetivos, y luego las metas concretas, todo esto en la mente de nuestro hombre, el tiempo ha comenzado, háganle espacio. En su mente, el deseo ilumina zonas especificas, recorre todos los rincones a una velocidad vertiginosa, entre más rápido, más se acorta el espacio. Es bueno tener deseos, los deseos activan el tiempo, y el miedo lo detiene.
Pero desear (el deseo puesto en tiempo, activado) también tiene sus inconvenientes, suele ir demasiado rápido, lo que acorta el espacio, el deseo nos apremia entre más fuerte es, y el tiempo sólo tiene presente, pasado y futuro para albergarnos como pasajeros del deseo, y no más.
Volviendo al hombre del pantalón largo, acaba de activar el tiempo, su tiempo, al desear, pero éste sólo existe en su cabeza, para hacer nacer el tiempo en la realidad concreta, esa que es común a todos, deberá ponerlo en el espacio, ese campo de disponibilidad objetual, luego temporal, por consecuencia. Desea ganar, no sólo buscar un empate que le haría recuperar medianamente su dignidad, dejarlo como antes de que comenzara el partido, no: quiere ganar, sí se puede.
Las estadísticas le dicen otra cosa, su equipo anota cada 33 minutos, por lo que necesitaría 132 minutos, o sea, comprimir la “masa” de 132 minutos en sólo 45, más lo que el nazareno considere como tiempo extra. Es demasiado el deseo para tan poco tiempo.
En ese momento, en ese exacto momento otro hombre, el actor, entra a escena, lo hace con la vista puesta en su primer objetivo, habitar el espacio, extenderse inventando un otro tiempo que es el mismo para quien se encuentra mirándolo,
pero el deseo, la calidad temporal de habitación del espacio en uno y otro, esa si es diferente.
En el estadio, el hombre ajusta su pantalón, se dirige al 10, su alter ego en otro espacio, el espacio real, concreto; lo mira, le suelta una monserga de indicaciones, una arenga sobre el orgullo, y una perorata de adjetivos (Discursos diferentes, a velocidades diferentes, el ritmo, la velocidad y la pausa como modeladores del argumento) que el otro escuchará con la mirada puesta en la cancha, luego abre los ojos desmesuradamente, asiente resignado y entra al campo, sólo piensa en el tiempo.
Si de por sí, “el pensamiento no sabe de qué manera abordar la cuestión del tiempo. Frente al mismo, da vueltas, se mete en lascivos meandros y pesca furtivamente en lo heteróclito: “Cómo ves, dudo entre esto y lo otro”. Esto da lugar a intensas tergiversaciones. A veces concibe el tiempo como lo que pasa, y otras como la trama desprovista de toda modificación.”1
Y el 10, ese sujeto que porta su destino en el dorso, ese hombre de pantalón corto y responsabilidad larga, se coloca en el centro del espacio, escucha el silbatazo y toca el balón, comenzando la creación del tiempo.
“El número 10 resulta clave para una especie que cuenta con los dedos. El sistema decimal permite medir el tiempo con las manos. De manera lógica, la más redonda de las cifras prestigia al artífice del futbol, el mariscal de campo que decide la estrategia... el verdadero sentido del número en su espalda consiste en indicar cuántos jugadores dependen de él.”2
De frente al balón, mirará a sus compañeros, él no lo sabe, pero al mismo tiempo que los ve está haciendo cálculos físicos, matemáticos, de probabilidad: vectores, velocidad, ritmo, pausa, aceleración y vacío, son categorías que su cuerpo conoce de memoria, pero él no lo sabe, ni lo sabrá, los ejercerá a partir del cuerpo, esa pequeña mole de 1.68 mts. de estatura y sesenta y cinco kilos de peso.
Jorge Wagensberg, científico Catalán, supongamos que seguidor Culé, escribió en 2007 “La rebelión de las formas”, un libro de divulgación científica que bien podría pasar por un buen libro de teoría del tiempo y espacio escénicos, al encargar al tránsito de los objetos en el espacio la creación del tiempo.
La realidad se compone de dos cosas: objetos y fenómenos. Los objetos son distribuciones espaciales de materia, energía e información. Los fenómenos son cambios temporales de los objetos. La creación de la realidad coincide con la
creación del tiempo. En el instante siguiente se inicia la transformación de la realidad, la expansión del espacio y el despliegue del tiempo.
Los objetos son los futbolistas, la portería, la cancha, los aficionados y hasta el árbitro. Pero especialmente el balón, el rey de los objetos, el generador de fenómenos, es decir, el artífice del cambio temporal de los objetos. Al comenzar a rodar, comenzará la realidad, y al transformarse, el espacio y el tiempo tienen nombre y apellido: futbol, como la acción, el movimiento, el gesto, la presencia y la palabra lo son en el actor. Si pensamos en el actor, las líneas de luz, los objetos escenográficos, la utilería, la música, etc... como objetos, y su interacción puesta en juego como creadora de innumerables fenómenos que ocurren en un juego de combinación-recombinación de sus trayectorias. Pensemos en la puesta en escena como un gigantesco poliedro, con un elemento sígnico en cada cara: gesto, movimiento, palabra, sonidos, notas, sombras, etc., que al recibir un haz de luz: la mirada del espectador, despliega una dinámica lumínica por cada uno de estos elementos, que irá combinándose con otras luces, llenando el espacio que la habita, como una auténtica, inédita danza cromática.
En el cine puede decirse que hay más tiempo que vida, y la vida de la sucesión fotogramática depende del ojo del espectador, los objetos como fantasmas inasibles que se suceden con la rapidez que se terminan las palomitas (a menos que se esté en una sala de arte, donde las palomitas se vuelven un atentado contra la alta cultura cinematográfica).
Volviendo al actor, este es el 10, el oficiante que conduce al público a un tiempo que no conoce a profundidad, lo lleva de la mano eludiendo el hastío, gambeteando el lugar común y alzando la voz contra un árbitro inflexible: la muerte misma del tiempo y del espacio creados.
El actor es el 10 y el 10 es el actor, que se valen de una formula complejamente sencilla: ubicación + mirada + acción = tiempo, la máxima virtud de ambos es que en un espacio acotado, en la inefable prisión del tiempo, crean otro tiempo y espacio a partir de un hecho difícil de constatar: mirarse multiplicados en el espacio, observando todas las posibilidades, varios 10 ó varios actores en el mismo espacio simultáneamente, a lo largo y a lo ancho, y con la responsabilidad de decidir por una probabilidad, un gesto, un pase, una acción, que en sentido estricto es la constatación del tiempo a través del ser.
En todas las actividades humanas es un hecho innegable que el tiempo y el espacio existen, son necesarios tanto como la presencia humana, o lo que es lo mismo, no están si no existe el hombre: Ser es tiempo. Pero en ninguna tan significativa como en el teatro, el cine y el futbol, las actividades más importantes entre las menos importantes, parafraseando a Jorge Valdano.
Y el manejo de las pausas, la velocidad, el ritmo, el alargue de un pase a profundidad, una mirada oblicua, un gesto expandido, un pase en corto, la proyección del grito en el espacio, una rabona imprevista, hacen el tiempo y el espacio en relación con el deseo: de ganar, de perder, de habitar, de ser, de crear, de convertirse en discurso.
La manera en que nuestro hombre de pantalón largo haya dispuesto jugar: lento, rápido, aguantando, atacando, escalonando estrategias, habrá de definirlo como un valiente o como un timorato, un revolucionario como Guardiola, o un conservador como Helenio Herrera y su versión del catenaccio, y en el peor de los casos como un criminal del futbol, es decir, un indolente, un comerciante especulador del deseo ajena, como Mourinho. El 10 será el encargado de establecer las revoluciones del discurso planteado.
El actor ha prevenido el azar, ha establecido previamente estrategias de acotamiento del caos, de uso del tiempo y del espacio, Bajtin lo estableció en su tríada: movimiento, espacio y emoción, la manera en que encare un gesto, ejerza una acción, su amplitud en el espacio y su recorrido temporal determinarán las modalidades del discurso.
El resultado de lidiar con el deseo ha dado como resultado una poética particular: el gol, la emoción del que mira, el grito desaforado del hincha, el aplauso del espectador, la empatía con el discurso.
El deseo redimido, o redomado, eludido o asumido, presenta una última cara que seguirá al espectador o al aficionado durante dos cuadras o durante toda la vida, depende de la consistencia y contundencia del discurso, de su transcurrir que implica a todos los asistentes a ese ritual celebratorio del ser, el permanecer y el estar: un ritual de desafío a la eternidad, un ejercicio extra cotidiano de convocar la presencia del tiempo en un escenario inédito e irrepetible.
Teófilo Guerrero 25 de agosto de 2014
1 Klein, Étienne. (2005)¿Existe el tiempo?. Akal. Madrid.
2 Villoro, Juan. (2014) Balón dividido. Planeta. México.
3 Wagensberg, Jorge. (2004). La rebelión de las formas. Tusquets. Barcelona.
La espontaneidad del pase para gol
Para la fabulosa alineación del Arce-nal: Bicho, Gato, Chuchis,
Huber, Isaí, Frodo, Fercho y Choper, que llegó a las semifinales del torneo CITRU.
La última lesión, la que me retiró de las canchas, ocurrió debido a una mala percepción del espacio y el tiempo. Fue en una cáscara en la Muestra Nacional de Teatro de 2007 en Zacatecas: balón en disputa a medio campo, calculo estar a unos tres metros de la pelota, el rival se encuentra a cinco, corremos con decisión y chocamos. Claro, el tenía veinte años menos y llegó con más rapidez, luego del encontronazo él se paró para seguir jugando y yo para ir a la banca y luego durante tres semanas a una terapia de rehabilitación.
Espacio y tiempo son las coordenadas que radicalizan la condición de inmediatez y ponen en el futbolista o el actor todo el peso de la responsabilidad creativa, mientras que en el cine el explorador que traza el mapa es el director. Por ejemplo, en El resplandor, Stanley Kubrick convierte al hotel en personaje a través de una indagación fotográfica de los espacios que lo conforman; pasillos de habitaciones, vestíbulos y bares vacíos convertidos en arterias y venas.
Nadie mejor para explicar esto, que el director de cine y poeta, Pier Paolo Pasolini: “El fútbol es la última representación sagrada de nuestro tiempo. En el fondo es un rito, también evasión. Mientras otras representaciones sagradas, inclusive la misa, están en franca decadencia, el fútbol es la única que permanece. El fútbol es el espectáculo que ha sustituido al teatro. El cine no ha podido sustituirlo, el fútbol sí. Porque el teatro es una relación entre un público de carne y hueso y personajes de carne y hueso. En cambio, el cine es una relación entre una platea de carne y hueso y una pantalla, entre sombras. El fútbol es un espectáculo en el cual un mundo real, el de las gradas del estadio, se mide con los protagonistas reales, los deportistas en el campo de juego, que se mueven y se comportan según un ritual preciso. Por esto considero al fútbol el único gran mito que permanece vivo en nuestro tiempo.”
En esa idea de representación sagrada, las coordenadas de tiempo y espacio son fundamentales, pues la verdadera ruptura mayor del teatro del siglo veinte comenzó allí, por la necesidad de hacer notable un ojo que no se limitaba a espiar por una ventana de la cuarta pared, sino que extendía frente a sí una mirada al horizonte emocional, en donde la revolución escénica ocurría desde la trinchera del movimiento, no movimiento consecuencia de emoción, sino movimiento que genera emoción, hablo desde luego de Appia, Edward Gordon Craig y sobre todo de Meyerhold.
En los últimos años y de manera menos creativa, en mucho del futbol que vemos también se reinventó el espacio, pero para reducirlo, acorazarlo; no perder es ganar.
Mi historia emocional como espectador de teatro y cine, pasa invariablemente por la morfosintaxis espacial de diversos espectáculos, donde he reconocido cómo la conciencia del terreno de juego ha permitido lograr relaciones escénicas que aún prevalecen en mi memoria. El Teatro El Galeón era el patio de butacas de un cine de barrio en la obra De película, de Julio Castillo, allí mismo, algunos años antes, los funambulistas hermanos Kalurisz, hacían rutinas mientras en la parte de atrás, en una estructura de guacales, la orquesta de Pérez Prado ejecutaba unos mambos, era el espectáculo Son, de Juan Ibáñez. En el cine he disfrutado de una teatralidad invertida, por ejemplo, una película sin palabras de Ettore Scola, El baile, donde el personaje es un salón de baile de un barrio parisino; o el departamento que se va reduciendo en razón de la crisis física y decrepitud de los personajes de Amor, de Michael Haneke, o la escena final entre López Tarso y Enrique Lucero en Macario, en la profundidad asombrosa y casi volumétrica en blanco y negro de las grutas de Cacahuamilpa.
Y en efecto, el punto clave, que da razón de ser al tema de esta mesa es la complicidad en el espacio y tiempo de jugadores, con o sin balón, con o sin parlamentos, pero con la vocación de crear algo insólito que durará sólo un instante.
Es de nuevo el futbol, en su simplicidad y claridad, el que permite articular ejemplos de esa unidad de intereses, para que pueda ocurrir el milagro emocional de un gol, de una escena o de un pasaje cinematográfico.
En su texto Futbol y “telepatía”, José Gordon lanza la provocación de definir al futbol, en sus mejores momentos, como una danza de finas geometrías, para ello cita al físico Alberto Folch, quien hablando del Barcelona de hace pocos años, refiere que uno podría estar tentado a concluir que el club cuenta con coreógrafos y bailarines que entrenan a los jugadores. De ese tamaño es la gracia con la que los jugadores sincronizan sus movimientos a lo largo de la cancha. Escribe el profesor:
“El rasgo distintivo de esta compañía de ballet es la increíble velocidad y precisión con la que se pasan el balón uno al otro; parecen lograr esta habilidad no tanto por la fuerza física (son más débiles y pequeños que los jugadores de otros equipos de alto nivel), sino por una rapidez del cuerpo y una coordinación mental superior. Han estado haciendo lo mismo de manera conjunta por tanto tiempo, que parece que interpretan esta coreografía de manera espontánea, como si se estuvieran comunicando telepáticamente.”
Un jugador de ese reciente momento dorado del Barça, Xavi, dice acerca de su complicidad con Iniesta: “Nuestro nivel de entendimiento es tan grande que no necesitamos palabras para movernos en la cancha. Cuando él va hacia arriba, yo voy hacia abajo; cuando él tiene el balón, yo voy a una posición desmarcada; cuando recibo el balón, él se dirige a un espacio abierto. Es simplemente una danza.”
Esta idea del entendimiento, de lo telepático, llega a ocurrir en el escenario y con mayor frecuencia en el salón de ensayos, espacio de indagación y confrontación, trabajar para el otro es enriquecer la relación en la cancha que sea, la espontaneidad como valor es resultado de la profundidad del conocimiento del equipo y espacio de trabajo. Esto se ve en la telepatía extrema de Henderson, Coutinho, Sturridge y Sterling, del Liverpool de la Liga Premiere.
De allí que otro eje fundamental para ser eficaces en la coexistencia en el espacio es la confianza, en sí mismo y en el otro.
Ante el error en escena, rescato, ante el famoso “blancazo” de que hablan los actores, intervengo, en el futbol hago cobertura, un dos a uno, me repongo de inmediato para volver al ataque y postulo un pase sorprendente que para ocurrir requiere la anticipación del otro.
Si a Woody Allen se le aparecía Humprey Bogart en Sueños de un seductor, al cartero fanático del Manchester United de Buscando a Eric, de Ken Loach, se le aparece el mediocampista francés Eric Cantona para ayudarle a salir de un problema financiero, y de paso confesar que su mejor jugada como futbolista no fue un gol sino un pase para.
La telepatía en escena, el entendimiento extremo, sólo es posible con rigor y compromiso, pasa desde luego por tener actualizados y entrenados los recursos expresivos, pero también por una actitud comprometida frente al trabajo. El experimento de los pases y goles telepáticos que hicieron hace poco jugadores veteranos y vigentes del Manchester United, esto es, haciéndolos con una venda en los ojos, se utiliza mucho en ejercicios equivalentes de expresividad en aulas de enseñanza de teatro, habrá después que convertirlos en goles en la escena profesional. El sueño futbolero de que habla Gordon también es escénico y cinematográfico: “un entendimiento a ciegas, una coordinación que parece mágica”.
En el cine, acerca de la espontaneidad, tengo muy presente el documental de Fanny y Alexander: en un momento Bergman da a Nykvist indicaciones sobre un movimiento de cámara; el uso de sus brazos, la manera de mirar a su famoso fotógrafo, pueden ser perfectamente similares a las de un director técnico explicando al jugador los movimientos en la cancha y hacia dónde debe lanzar la pelota. También la famosa frase final del replicante Rutger Hauer en Blade Runner, de Ridley Scott: “like tears in rain”, que fue improvisada por el actor y quedó para la posteridad; o bien Kubrick de nuevo, la tremenda escena de violación y golpiza de La naranja mecánica, en la cual el actor Malcom MacDowell improvisa con la canción tema del clásico de Hollywood, Cantando bajo la lluvia. Por otro lado, la condición tan teatral de los planos secuencia, tan complicados de lograr, pero tan brillantes y eficaces cuando ocurren, me asombran, por ejemplo de la mano de Welles, Scorsese, Paul Thomas Anderson, Ripstein o Rodrigo García.
En fin, el futbol cohabita en mis espacios, cuando enfrento una dificultad en un proceso de producción, no recurro a las bitácoras y reflexiones de Brecht, Brook o Mendoza, sino a la consigna de Menotti, “ante la adversidad no renuncio a la idea”.
Así, cada vez que inicio ensayos de un nuevo proyecto teatral es como pararme enfrente del manchón penal, con la aspiración de trotar con suavidad y propiciar en la sesión de trabajo la contundencia y fragilidad de un cobro a lo Panenka.
Enlaces de interés:
El pase de Eric Cantona:
https://www.youtube.com/watch?v=EcYvOVGLgzA
Pases telepáticos con jugadores del Manchester United
www.youtube.com/watch?v=KWkeRkRyToo).
Penalti a lo Panenka
https://www.youtube.com/watch?v=MfB2I4b8axI
Philippe Coutinho, el brasileño olvidado
http://youtu.be/K3wY9rKCqBI
Oda a la carne
El espectáculo Bola de carne tuvo una breve temporada en el Teatro Orientación y ahora inicia otro recorrido en el Foro A poco no. Está escrito por Bernardo Gamboa, quien también actúa, acompañado por Micaela Gramajo.
Lo primero que llama la atención es cómo se ubica en el mapa escénico de la Ciudad de México, nada que ver con la correcta tranquilidad política de lo que en general se exhibe en los teatros públicos, pero tampoco con la oleada de propuestas que privilegian la originalidad de la idea anclada en intelectualismo puro.
Pero sobre todo por radicalizar en la carne, en el cuerpo del actor, su sudor y fluidos, un acontecimiento escénico. Termina por no importar que éste sea incomprensible: como quiere decir todo, termina por no decir nada; como va a todos lados, no llega a ninguno.
En cambio, lo de verdad interesante está en el registro actoral de Gamboa: intenso, suave, profundo, arrebatado, berrinchudo, soez, indefenso, doloroso, ingenuo, gritón, incorrecto. Todo lo que hace y dice viene de algún sitio, tiene procedencia emocional.
Así terminan por no importar Tito Andrónico, Shakespeare, la arcilla tirada en el piso, las enciclopedias, la cabeza de cerdo, el iPod, Foucault o Chomsky, medios solamente para confrontar la fragilidad paradójica de Bernardo, el dolor y placer de estar en escena.
La oreja de LE GOM
Desde hace unos diez años, LEGOM ha sido una presencia continua en distintas carteleras mexicanas, una obra suya, Las chicas del tres y medio floppie, tuvo mucha resonancia y reconocimiento en un Festival de Teatro tan importante como el de Edimburgo.
Pero este es un caso especial, la selfie estilo Van Gogh que da imagen a la producción de la UNAM que se presenta en el teatro Juan Ruiz de Alarcón, sugiere bien la impudicia con la que el autor convierte sus periplos familiares y sanitarios en el elemento básico de la obra, entreverados con su mala leche, humor ácido y desprecio desmedido y disfrutable por sus congéneres.
El poderío de este texto consiste justo en permitir ver capas más profundas como la soledad, el abandono, la traición, la baja autoestima, que se van mostrando durante el desarrollo del espectáculo, que forma parte por cierto de un ciclo dedicado a autores nacionales.
Con ese material, el director Martín Acosta elabora un aparato escénico impactante y eficaz con el alcance que debe tener para la UNAM una producción que se exhiba en ese teatro: un cubo gigantesco lleno de triques reconocibles para cualquier ejemplar de la clase media –vocho incluído- que gira en diferentes momentos.
Como director de escena y como espectador disfruto mucho el trabajo de los actores cuando logran verificar en su trabajo tres aspectos que considero claves: progresión, justificación y espontaneidad; son la base para el ejercicio de su libertad creativa. Es el caso de los tres integrantes del elenco, Diana Fidelia, Flavio Medina y Harif Ovalle, que bien conducidos, logran sostener sobre sus hombros los 80 minutos aproximados de duración.
Pero mayor celebración es, me parece, que se trate de una obra que mira por arriba de la fila de macetas del teatro endogámico que se hace para gente de teatro y por el contrario se dirija ampliamente a otros espectadores ciudadanos, inteligentes, sensibles, pendientes de la oferta universitaria. Para ellos tendrán sentido los devenires de este Van Gogh xalapeño, capaz seguramente de cortarse la oreja a la menor provocación para convertirla en un objeto literario dramatúrgico.
The Big Bad Theory
Ciencia ficción y fricción en la Gruta del Centro Cultural Helénico con la obra Automáticos, de Javier Daulte, dirigida por Emanuel Pichardo y Jorge Maldonado, que se presenta los miércoles a las ocho y media.
Ciencia ficción: un grupo de escolares prepara un experimento científico innovador para un concurso, que los lleve como premio a Buenos Aires. El centro de trabajo es el taller abandonado del padre de uno de los chicos, un sastre, enmedio de conflictos y tensiones eróticas,, logran animar tres maniquís, por medio de unas conexiones y ajustes tecnológicos muy particulares, provocando una crisis muy severa entre ellos.
Fricción: la propuesta artística tan precaria, cercana en alcances al taller de teatro de alguna preparatoria, choca un poco y provoca chispas al exhibirse en un espacio con las características de La Gruta, con trayectoria en indagación y propuesta creativa en artes escénicas.
Pareciera que hay un poco de advertencia cuando se señala en las carteleras que se trata de una ópera prima, pero ¿eso qué quiere decir? ¿dar por descontado un uso nulo de recursos expresivos? ¿basta con un amateurismo bien intencionado? En otros espacios de corte independiente, jóvenes que debutan avientan a la cancha rigor y riesgo; El ciudadano Kane también fue una ópera prima.
En el largo recorrido, casi dos horas, de Automáticos, hay neutralidad permanente, escenas de humor involuntario en las que tampoco vale mucho la pena detenerse y también una pregunta provocadora al espectador: ¿qué pasó durante el proceso de ensayos? ¿no hubo alguna voz, alguna, que advirtiera la fragilidad de la propuesta? ¿algo de autocrítica?
Ojalá que así sea, para proveer de potencia sus futuros trabajos escénicos.
Goles para la escena
Para Alonso
El espectáculo en vivo que más me conmocionó emocionalmente de niño, no ocurrió sobre el piso de un teatro, sino en el césped de un estadio. Antes de hacerme seguidor lúcido y lúdico de los pumas, pasé mi infancia adorando al equipo de mi padre , el legendario Cruz Azul de la década de los setentas. La primera vez que fui al Estadio Azteca fue para ver a este equipo enfrentando a la oncena del León.
Pero yo sabía a lo que iba, a ver en vivo y en directo al portero de los cementeros, el “superman” Miguel Marín. Lo veía allí nomás, me levanté, me alejé de mi familia para acercarme lo más posible al nivel de cancha y gritarle: “¡Marín, Marín!”, sin éxito, me parecía injusto que no volteara a verme.
Minutos después salvaba un gol en un mano a mano contra un mortífero delantero de nombre Salomone, el balón pegó en un poste. Esa imagen me ha seguido muchos años y siempre la recreo de manera vívida: a unos metros, dado que estaba muy cerca, a color, dado que la tele en la que veía los partidos era a blanco y negro, y en silencio, pues el que atacaba era el visitante y no habían los gritos épicos del legendario Ángel Fernández.
Yo jugaba mucho futbol, todo el tiempo; en la cuadra, con los amigos del barrio, lo hacía como si fuera Johan Cruyff, en la liga interna de la escuela lasallista donde estudiaba, en cambio, como seleccionado del Chepo de la Torre, invisible e inútil.
De los muchos puntos de conexión que puede haber entre el teatro y el futbol, me interesa de manera especial desde el punto de vista de la dirección, la compatibilidad entre conocimiento y emoción, y celebro por ello la brillantez de directores técnicos y de escena, de jugadores y actores que en sus respectivas canchas juegan y entusiasman con paletas emocionales e intelectuales y devuelven a esas actividades la condición ejemplar de juego.
La crisis de mucho del futbol actual estriba en la traición emocional justo del significado del juego, los planteamientos estratégicos son para no perder, no para ganar. Por eso en la mediocre liga mexicana, donde no hay relación entre el producto deportivo y el comercial, el torneo regular es casi siempre una paliza de sopor para llegar a esa cosa llamada liguilla, donde ¡oh fortuna!, tienen que ganar.
¿Dónde queda la legendaria meta del triunfo a cinco y buena o diez y buena? Imagino una cáscara en la calle, afuera de un teatro o entre el sexto “A” y el “B”, donde se jugara con la premisa de “no perder”.
Y por supuesto que ocurre en el teatro, se producen obras para no perder, esquemas y organizaciones conservadoras, hegemónicas de nombres y trayectorias, pero que renuncian al riesgo, a lo imprevisible; a la fuga del defensa que se lanza al ataque, dribla a dos rivales y anota, a un diez que se lleva a ocho, al que retiene el balón para dar tiempo y poner a circularlo de nuevo cuando nadie lo espera, a pegar un zapatazo que tira una línea sólo posible en una programa de cómputo y acaba en gol; a la reinvención del espacio y el tiempo, que podemos entender no sólo en los diseños de Gordon Craig o Ludwik Margules, sino en el Barcelona de Guardiola.
Como cazadores de talentos hay que explorar canchas escénicas diversas para encontrar lo distinto y sorpresivo, emocionante y provocador.
El conocimiento del deporte es un recurso para disfrutarlo más, lo tenemos más cerca de lo que creemos, me siguen en mi día a día frases de Pedro El mago Septién que son como el oráculo de Delfos. ¿Puede México ser campeón del mundo? “Las estadísticas son profetas que miran hacia atrás?”, o sea no, responde el Mago, ¿Tiene caso llamar a la selección al Maza Rodríguez o a Huiqui? “contra la base por bolas no hay defensa”, nos comenta; no hay remedio para la equivocación deliberada.
Ya lo advierte Jorge Valdano: “el futbol es una representación teatral en donde no se sabe dónde está el nudo de la obra”.
Coincido, creo que el director de escena, como el técnico, provoca conflicto en la búsqueda del gol, que por tanto resulta emocionante, establece un sistema de juego derivado de experiencias profesionales, vitales, amorosas, tienen la capacidad de enunciarlo y definirlo para posteriormente integrar a los jugadores adecuados, técnica, emocional e intelectualmente. Un sistema de juego, una poética de juego y de creación escénica.
En ambos ámbitos, hay condicionantes diversos para que ello ocurra, los mánagers, promotores, patrocinadores, televisoras, marketing desbordado en el futbol; la complejidad del campo de trabajo, las dificultades económicas y los modelos de producción y programación en el teatro. Dice un personaje en la disfrutable película de animación Metegol, de Juan José Campanella, “se acabó el tiempo de los cracks, es momento de los managers”. En el momento más brillante de esa cinta, los protagonistas, muñequitos de futbolito de mesa, se encuentran jugando sin la varilla a la que están atornillados; aterrorizados, durante unos momentos no saben qué hacer, como tantos equipos que vemos.
Por ello respeto y admiro a directores técnicos como Menotti, Cruyff y Guardiola, que han tenido esa capacidad enunciada antes, estrategas y filósofos de este deporte que además daban una imagen especial, con su manera de vestir, de dar indicaciones o hasta de celebrar desde la orilla del campo. Dice por ejempo Menotti, “un entrenador genera una idea, luego tiene que convencer de que esa idea es la que lo va a acompañar a buscar la eficacia, después tiene que encontrar en el jugador el compromiso de que cuando venga la adversidad no traicionemos la idea. Son las tres premisas que tiene un entrenador”.
Campeón del mundo, “el Flaco” es autor del concepto de “achicar” la cancha, que muchos dividendos dio, y que hasta para ganar una cáscara ayuda, de referirse al gol como “pase a la red”, sentó bases para una mejora cualitativa importante en el juego de los ratones verdes, nuestros seleccionados; y vuelve a decir: “se puede dejar de correr, o dejar de entrar en juego durante largos minutos; lo único que no se puede hacer es dejar de pensar”.
Me gusta que sean entrenadores que mueren en la suya, en un universo poblado por Mouriños, Bilardos, Aguirres o de la Torres, han ganado con gloria y perdido con estrépito, pero tienen clara la naturaleza del juego, Cruyff dice, por ejemplo, que prefiere ganar 5-4 que 1-0, y añade : “todos los entrenadores hablan sobre el movimiento, sobre correr mucho. Yo digo que no es necesario correr tanto. El futbol es un juego que se juega con el cerebro. Debes estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde”.
Por su parte, una frase de Pep Guardiola podría perfectamente ser la solicitud de un director a un actor integrante del elenco: “no hay nada más peligroso que no arriesgarse”.
Y claro, esto va de la mano de trabajar con actores que entienden esas premisas, que se desempeñan en cualquier encargo con creatividad y potencia, multifuncionales artistas escénicos que como Andrés Iniesta pueden jugar en cualquier sector de la cancha, escuchan y están pendientes de sus compañeros para atacar y defender. Habrá directores de escena que quieran en sus alineaciones-repartos a Cristiano Ronaldo, Ibrahimovic, o Luis Suárez, yo prefiero a Xavi Hernández, Andrea Pirlo, o Steven Gerard.
Justo Xavi Hernández lo define perfecto, cuando habla de su aspiración en la cancha de ser “el socio de todos”, y añade “mi supervivencia en el terreno requiere la comprensión del juego antes de recibir la pelota, para saber que tengo que hacer después con ella… la velocidad del cerebro es más importante que la de las piernas."
Por fortuna me he encontrado y trabajado con varios actrices y actores a lo Xavi a los largo de mi vida profesional en distintos ámbitos, me concilian y reconcilian con el juego del teatro por su capacidad de saltar sin red, trabajar para los otros, aguantar íntegros el tiempo regular, los extras y los tiros de penalti, como los del Colectivo escénico el Arce, con los que actualmente estoy trabajando y que ganaron sus dos partidos en la primera fecha organizada por este Coloquio.
También reconozco otro aspecto muy particular del trabajo en teatro, las verdades vitales y artísticas que aparecen de modo fugaz en un ensayo y que nunca más dejarán volver a verse, ni siquiera en una función. Me pregunto si esa especie de fuga existencial puede ocurrir en un entrenamiento de futbol.
En este universo donde todo es especulación por el resultado, movilidad sin conciencia, pateo a los creativos, desprecio por el juego, simulación de faltas y lesiones, horror a lo distinto, se agradecen las gambetas, las pausas provocadoras que en la cancha de tablas o de césped nos tocan con distinta profundidad y regocijo.
Por eso tengo claro que un momento poderoso en un ensayo o en una función me provocarán felicidad, como si se tratara de una jugada luminosa de Andrés Iniesta que termina en gol.
El espectáculo en vivo que más me conmocionó emocionalmente de niño, no ocurrió sobre el piso de un teatro, sino en el césped de un estadio. Antes de hacerme seguidor lúcido y lúdico de los pumas, pasé mi infancia adorando al equipo de mi padre , el legendario Cruz Azul de la década de los setentas. La primera vez que fui al Estadio Azteca fue para ver a este equipo enfrentando a la oncena del León.
Pero yo sabía a lo que iba, a ver en vivo y en directo al portero de los cementeros, el “superman” Miguel Marín. Lo veía allí nomás, me levanté, me alejé de mi familia para acercarme lo más posible al nivel de cancha y gritarle: “¡Marín, Marín!”, sin éxito, me parecía injusto que no volteara a verme.
Minutos después salvaba un gol en un mano a mano contra un mortífero delantero de nombre Salomone, el balón pegó en un poste. Esa imagen me ha seguido muchos años y siempre la recreo de manera vívida: a unos metros, dado que estaba muy cerca, a color, dado que la tele en la que veía los partidos era a blanco y negro, y en silencio, pues el que atacaba era el visitante y no habían los gritos épicos del legendario Ángel Fernández.
Yo jugaba mucho futbol, todo el tiempo; en la cuadra, con los amigos del barrio, lo hacía como si fuera Johan Cruyff, en la liga interna de la escuela lasallista donde estudiaba, en cambio, como seleccionado del Chepo de la Torre, invisible e inútil.
De los muchos puntos de conexión que puede haber entre el teatro y el futbol, me interesa de manera especial desde el punto de vista de la dirección, la compatibilidad entre conocimiento y emoción, y celebro por ello la brillantez de directores técnicos y de escena, de jugadores y actores que en sus respectivas canchas juegan y entusiasman con paletas emocionales e intelectuales y devuelven a esas actividades la condición ejemplar de juego.
La crisis de mucho del futbol actual estriba en la traición emocional justo del significado del juego, los planteamientos estratégicos son para no perder, no para ganar. Por eso en la mediocre liga mexicana, donde no hay relación entre el producto deportivo y el comercial, el torneo regular es casi siempre una paliza de sopor para llegar a esa cosa llamada liguilla, donde ¡oh fortuna!, tienen que ganar.
¿Dónde queda la legendaria meta del triunfo a cinco y buena o diez y buena? Imagino una cáscara en la calle, afuera de un teatro o entre el sexto “A” y el “B”, donde se jugara con la premisa de “no perder”.
Y por supuesto que ocurre en el teatro, se producen obras para no perder, esquemas y organizaciones conservadoras, hegemónicas de nombres y trayectorias, pero que renuncian al riesgo, a lo imprevisible; a la fuga del defensa que se lanza al ataque, dribla a dos rivales y anota, a un diez que se lleva a ocho, al que retiene el balón para dar tiempo y poner a circularlo de nuevo cuando nadie lo espera, a pegar un zapatazo que tira una línea sólo posible en una programa de cómputo y acaba en gol; a la reinvención del espacio y el tiempo, que podemos entender no sólo en los diseños de Gordon Craig o Ludwik Margules, sino en el Barcelona de Guardiola.
Como cazadores de talentos hay que explorar canchas escénicas diversas para encontrar lo distinto y sorpresivo, emocionante y provocador.
El conocimiento del deporte es un recurso para disfrutarlo más, lo tenemos más cerca de lo que creemos, me siguen en mi día a día frases de Pedro El mago Septién que son como el oráculo de Delfos. ¿Puede México ser campeón del mundo? “Las estadísticas son profetas que miran hacia atrás?”, o sea no, responde el Mago, ¿Tiene caso llamar a la selección al Maza Rodríguez o a Huiqui? “contra la base por bolas no hay defensa”, nos comenta; no hay remedio para la equivocación deliberada.
Ya lo advierte Jorge Valdano: “el futbol es una representación teatral en donde no se sabe dónde está el nudo de la obra”.
Coincido, creo que el director de escena, como el técnico, provoca conflicto en la búsqueda del gol, que por tanto resulta emocionante, establece un sistema de juego derivado de experiencias profesionales, vitales, amorosas, tienen la capacidad de enunciarlo y definirlo para posteriormente integrar a los jugadores adecuados, técnica, emocional e intelectualmente. Un sistema de juego, una poética de juego y de creación escénica.
En ambos ámbitos, hay condicionantes diversos para que ello ocurra, los mánagers, promotores, patrocinadores, televisoras, marketing desbordado en el futbol; la complejidad del campo de trabajo, las dificultades económicas y los modelos de producción y programación en el teatro. Dice un personaje en la disfrutable película de animación Metegol, de Juan José Campanella, “se acabó el tiempo de los cracks, es momento de los managers”. En el momento más brillante de esa cinta, los protagonistas, muñequitos de futbolito de mesa, se encuentran jugando sin la varilla a la que están atornillados; aterrorizados, durante unos momentos no saben qué hacer, como tantos equipos que vemos.
Por ello respeto y admiro a directores técnicos como Menotti, Cruyff y Guardiola, que han tenido esa capacidad enunciada antes, estrategas y filósofos de este deporte que además daban una imagen especial, con su manera de vestir, de dar indicaciones o hasta de celebrar desde la orilla del campo. Dice por ejempo Menotti, “un entrenador genera una idea, luego tiene que convencer de que esa idea es la que lo va a acompañar a buscar la eficacia, después tiene que encontrar en el jugador el compromiso de que cuando venga la adversidad no traicionemos la idea. Son las tres premisas que tiene un entrenador”.
Campeón del mundo, “el Flaco” es autor del concepto de “achicar” la cancha, que muchos dividendos dio, y que hasta para ganar una cáscara ayuda, de referirse al gol como “pase a la red”, sentó bases para una mejora cualitativa importante en el juego de los ratones verdes, nuestros seleccionados; y vuelve a decir: “se puede dejar de correr, o dejar de entrar en juego durante largos minutos; lo único que no se puede hacer es dejar de pensar”.
Me gusta que sean entrenadores que mueren en la suya, en un universo poblado por Mouriños, Bilardos, Aguirres o de la Torres, han ganado con gloria y perdido con estrépito, pero tienen clara la naturaleza del juego, Cruyff dice, por ejemplo, que prefiere ganar 5-4 que 1-0, y añade : “todos los entrenadores hablan sobre el movimiento, sobre correr mucho. Yo digo que no es necesario correr tanto. El futbol es un juego que se juega con el cerebro. Debes estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde”.
Por su parte, una frase de Pep Guardiola podría perfectamente ser la solicitud de un director a un actor integrante del elenco: “no hay nada más peligroso que no arriesgarse”.
Y claro, esto va de la mano de trabajar con actores que entienden esas premisas, que se desempeñan en cualquier encargo con creatividad y potencia, multifuncionales artistas escénicos que como Andrés Iniesta pueden jugar en cualquier sector de la cancha, escuchan y están pendientes de sus compañeros para atacar y defender. Habrá directores de escena que quieran en sus alineaciones-repartos a Cristiano Ronaldo, Ibrahimovic, o Luis Suárez, yo prefiero a Xavi Hernández, Andrea Pirlo, o Steven Gerard.
Justo Xavi Hernández lo define perfecto, cuando habla de su aspiración en la cancha de ser “el socio de todos”, y añade “mi supervivencia en el terreno requiere la comprensión del juego antes de recibir la pelota, para saber que tengo que hacer después con ella… la velocidad del cerebro es más importante que la de las piernas."
Por fortuna me he encontrado y trabajado con varios actrices y actores a lo Xavi a los largo de mi vida profesional en distintos ámbitos, me concilian y reconcilian con el juego del teatro por su capacidad de saltar sin red, trabajar para los otros, aguantar íntegros el tiempo regular, los extras y los tiros de penalti, como los del Colectivo escénico el Arce, con los que actualmente estoy trabajando y que ganaron sus dos partidos en la primera fecha organizada por este Coloquio.
También reconozco otro aspecto muy particular del trabajo en teatro, las verdades vitales y artísticas que aparecen de modo fugaz en un ensayo y que nunca más dejarán volver a verse, ni siquiera en una función. Me pregunto si esa especie de fuga existencial puede ocurrir en un entrenamiento de futbol.
En este universo donde todo es especulación por el resultado, movilidad sin conciencia, pateo a los creativos, desprecio por el juego, simulación de faltas y lesiones, horror a lo distinto, se agradecen las gambetas, las pausas provocadoras que en la cancha de tablas o de césped nos tocan con distinta profundidad y regocijo.
Por eso tengo claro que un momento poderoso en un ensayo o en una función me provocarán felicidad, como si se tratara de una jugada luminosa de Andrés Iniesta que termina en gol.
Lo particular del colectivo
Luego de haber estado a cargo casi cinco años de la coordinación nacional de teatro del INBA, me encontraba como el personaje del Misántropo de Moliere, Alceste, atrapado entre decir la verdad de lo que realmente pensaba y la necesidad de ser políticamente correcto, en mi caso con autoridades superiores, sindicatos y miembros de la comunidad teatral. Renunciar significó dejar un buen ingreso fijo y volver a las actividades de docencia y creación escénica, cuyo ritmo disminuyó durante un buen tiempo y de paso recuperar mi salud personal.
Menciono lo anterior porque entre las varias cosas que debo agradecer al haber tenido ese cargo, está el haber recorrido y conocido prácticamente todo el país siguiendo distintas modalidades de presentaciones teatrales y el universo de convivencia social que alrededor de ellas se desarrolla, comidas y bebidas, por ejemplo. Hay casos en los que no recuerdo nada de la obra que fui a ver y en cambio tengo aún el sabor vivo de platillos y bebidas que degusté y de los amigos con quienes los compartí.
En algún momento hice un cálculo de la cantidad de espectáculos que veía en aquel entonces al año, más o menos ciento cincuenta, cantidad que ahora me parece un acto mayor de masoquismo.
Esta cuestión de los números que abruman también puede aplicarse a la ciudad en la donde vivo, donde hay una oferta teatral desbordante y cuatro escuelas superiores de la especialidad. Los teatros públicos no se dan abasto y, salvo la Universidad Nacional, han renunciado a la idea de la curaduría o dirección artística y han optado por recurrir al recurso de las convocatorias para resolver la programación de esos espacios.
Eso explica en parte el surgimiento y consolidación de espacios independientes, que forman un pulmón de alternativa y diversidad muy refrescante, aunque complicada para sostener.
En este contexto, me planteaba la mejor manera de encauzar una iniciativa que tenía que ver con el tipo de teatro que quería hacer, pero también con el perfil de los integrantes y la manera de trabajar, la inercia habitual de ensayar meses y meses para hacer temporadas de doce funciones y luego desaparecer del mapa no me interesaba para nada, tampoco las tendencias endogámicas en la creación, consistentes en hacer obras de teatro para teatreros, donde pareciera que el mérito estético es que no se entienda absolutamente nada, para ser celebrados solamente por la sociedad de pares.
Así pues, convoqué a un grupo de actores profesionales egresados de dos de las escuelas más importantes, la ENAT y el CUT, varios de ellos habían sido mis alumnos o bien ya habíamos trabajado juntos, también a diseñadores escénicos, gráficos, músicos y productores y los invité a participar en un proyecto de trabajo con el nombre de Colectivo Escénico El Arce, árbol de buena sombra, de madera resistente y dinámica. Ello se celebró en una reunión en el teatro de Santa Catarina, en Coyoacán, y suscribimos el siguiente decálogo:
1. Hagamos un colectivo, una suma de individuos creativos y pensantes, profesionistas que tienen distintos compromisos pero que abren espacio en su agenda a proyectos nuevos.
2. Este es un proyecto nuevo.
3. Juntémonos para hacer un arte escénico donde florezca la creatividad, el compromiso, la disciplina, el rigor, la indagación y el buen humor.
4. Que se haga reconociendo las búsquedas, necesidades y compromisos de cada quien.
5. Apostemos por espectáculos dinámicos, que cuenten historias reconocibles y provoquen pasajes emocionales en los espectadores.
6. Cambiemos señales de pasividad en la exhibición de las obras de teatro, hacer filas en instituciones para lograr exhibir el trabajo unas cuantas veces.
7. Acerquémonos a otros modelos de exhibición de artes escénicas en esta maravillosa ciudad, donde en un fin de semana puede encontrarse una oferta mayor a un centenar de espectáculos.
8. Promovamos así producciones que se puedan mover con facilidad, incluso con la posibilidad de tener versiones distintas del mismo espectáculo.
9. Inventemos escenificaciones prodigiosas y entretenidas, pero también maneras de producirlas, circularlas y disfrutarlas.
10. Por todo lo anterior yo miro, a mediano plazo, la necesidad de contar con un espacio propio de trabajo, casa de todos.
Como si hubieran sido las actas de independencia de la nación, firmamos protocolariamente el documento y luego nos fuimos a brindar.
Luego llegó el momento de articular el primer ciclo, no una obra sino tres, con el mismo elenco base, en una sala independiente de la Ciudad, el Foro Círculo Teatral, ubicado en la colonia Condesa, un barrio caracterizado por la abundancia de restaurantes y bares que lo pueblan.
Ese espacio es dirigido por dos actores, Víctor Carpinteiro y Alberto Estrella, éste último goza de un gran reconocimiento también en el medio del cine y la televisión. Ambos fueron sensibles a las propuesta y se articuló una estancia de dos meses, entre el 6 de mayo y el 11 de julio del presente con un total de 35 funciones. La producción y los gastos del teatro fueron cubiertos con fondos propios, lo cual es una manera elegante de referirse a mis ahorros personales. Se ofertaron así tres espectáculos, dos reestrenos y un estreno:
Tutoriales, de Verónica Maldonado. Es una comedia en la que seis jóvenes se preguntan: ¿qué tanto nos alimentamos de nuestros profesores?, ellos quieren sobrellevar mejor su soledad y aislamiento, mientras buscan apoyo, a través de la red, en actividades sociales que les permitan ser mejor aceptados y queridos. La muerte de su emblemático profesor del bachillerato los ha reunido a todos.
Este espectáculo se armó con una serie de improvisaciones en las que los actores proponían a personajes típicos de la clase media de la ciudad de México, mostrando cómo era su comportamiento en soledad y cómo buscaban desesperadamente compañía. Luego de una primera muestra de trabajo, se incorporó Verónica Maldonado, quien tomando en cuenta lo mostrado hizo un texto dramático y luego ella misma se integró como actriz.
El camino de Sinsol, de Fátima Paola e Ignacio Escárcega Este espectáculo, casi un unipersonal, trata de dos hermanas que se recrean a la distancia y de esa manera logran acercarse, a través de sus juegos, complicidades, temores y secretos. Un reencuentro muy fuerte, en medio de mucho dolor, se aproxima para ellas.
El pretexto narrativo para hablar de esas dos hermanas, fue el cuento El mago de Oz, de Frank Baum, reto fuerte para la actriz, Fátima Paola, una creadora osada, capaz de aventarse de cualquier trampolín con gran destreza física, vocal y emocional, la palabra con la que habita es intensidad. No se requiere menos para abordar un asunto tan complicado como el abuso a menores.
Finea en el Papaloapan, versión libre de Camila Villegas a La dama boba, de Lope de Vega. Entre música de guitarras y jaranas, dos hermanas muy especiales, una erudita, Nise, y la otra un poco boba, Finea, disputan por el amor de un hombre letrado y con muchas necesidades económicas.
El texto del galán Laurencio en que define el amor al comienzo del segundo acto, me ha rondado siempre la cabeza y la emotividad, durante mucho tiempo especulé sobre cómo lograr un acercamiento escénico a esa obra tan famosa de Lope de Vega, que este año por cierto cumple 400 de haber sido estrenada.
El resultado es la exploración íntima del verso barroco, que a través de la dramaturgia de Camila Villegas relacionamos con el universo jarocho, la zona de Veracruz en el Golfo de México, a la orilla del Río Papaloapan, el cine cómico mexicano de los sesentas y la estética de los conciertos Unplugged de MTV. Suena bastante extravagante la combinación de ingredientes para la licuadora, pero todo ello lo anima y permite la inspiración barroca.
Es importante mencionar que los tres trabajos tienen en común el haber tenido una etapa de indagación y exploración escénica previas al montaje. En el caso de Finea, esa búsqueda tuvo una atención especial al componente musical, pues hubo que ensamblar las siete canciones compuestas para la obra, sones y huapangos, por el actor y músico Marcial Salinas.
Las tres obras que integran hasta este momento el repertorio del colectivo son una inversión que apuesta por recuperar y generar ganancia en lo que resta de este año y los siguientes. Contamos también con un sitio web, en el que damos información básica del colectivo, respecto a su propuesta artística, integrantes y obras en repertorio: elarce.org, así como en redes sociales, Facebook, twitter y Youtube.
Estamos ya en la preparación de un segundo ciclo para 2014, integrado por una obra del dramaturgo irlandés Brian Friel, El juego de Yalta, autor de quien ya dirigí para la Universidad Nacional el año pasado un espectáculo llamado Afterplay, secuelas chejovianas, y un trabajo anclado en exploración de movimiento de mi autoría, que se llamará Muebles en la cabeza.
Queremos, pues que el árbol se vaya dando bien, que resista y que de buena sombra, pero sobre todo que florezca.
Papeles del profesional
A los especialistas del "va, va, va", Luis Eduardo Yee, Fernando Sánchez Cervantes e Isael Almanza
Tres actores, uno de la Facultad otro del CUT y otro de la ENAT están en un casting y el director les pide que únicamente abran una puerta para entrar a escena. El primero en intentarlo es el de la Facultad pero antes de "hacer" nada, toma su libro y comienza a "circunstanciarse" pero nunca la abre; le toca el turno al del CUT que estaba ejercitándose desde antes y tenía el tono muscular elevadísimo, llega frente a la puerta, hace un mortal y de una patada voladora la tira y entra a escena pero por el impulso cae del escenario; por último le toca al actor de la ENAT, calienta voz, calienta cuerpo, calienta emocionalmente y justo antes de abrir la puerta pregunta “¿Qué, no hay un técnico que la abra?”
1. PLANES DE ESTUDIO
Del amplio universo de la formación profesional en teatro, me quiero ocupar en este texto de tres momentos de la vida académica: el recorrido curricular, el egreso y la inserción en el campo profesional, a partir de tres sujetos claves: el plan de estudios, los docentes y los estudiantes.
De unos años a la fecha, se han venido incrementando de una manera significativa en México las Licenciaturas en Teatro, deben ser ahora cerca de veinte. Sin embargo eso no ha impactado en la profundización e investigación en la especialidad y muy poco en el campo de trabajo en las localidades; ¿cómo se hace visible artísticamente una escuela superior de teatro si no es a través del trabajo de sus egresados? La apertura de Escuelas puede obedecer al crecimiento de la oferta académica y prestigio político y social de una Universidad, más que a una visión profunda de la necesidad de formar profesionales del teatro.
Los modelos de superación académica han desplazado lo sustantivo en lo saberes escénicos para privilegiar la consolidación, en el papel, de los cuerpos docentes. Más maestros y doctores, con el resultado evidente que se constata prácticamente en todas la áreas de conocimiento, de que el grado académico no es necesariamente igual al dominio de la especialidad. Pero con ello, las universidades incrementan sus puntos para el aval de organismos acreditadores y logran una mejora fundamental en el tipo de contrato de sus docentes y en el incremento de sus presupuestos, no importa si para ello hay que sumar puntos a través de intercambios, publicaciones o estancias académicas de dudoso nivel.
No basta con abrir Escuelas de teatro, hay que responsabilizarse de su buen funcionamiento, actualización, pertinencia y diálogo artístico con los espectadores de su entorno.
Una Escuela histórica estrena plan de estudios, la Nacional de Arte Teatral, ENAT.
Lo más interesante del proceso de elaboración fueron las discusiones en torno al modelo educativo y su operación, se trató de una auténtica labor colegiada que enriqueció el quehacer académico y artístico de los que allí participamos. Luego las autoridades de la Escuela se ocuparon de acoplar todo lo elaborado a las características de los recursos humanos y materiales de la Institución.
Pero si vamos a la letra, a lo que dice el papel, el proyecto formativo está increíble, a mi y a muchos nos hubiera encantado cursarlo aunque lo más probable que no hubiésemos aprobado el proceso de selección. Justo a partir del ingreso, que en muchas escuelas es exigente, comienza a florecer una gran paradoja, la de permitir el recorrido y salida de estudiantes con un precario nivel expresivo y de actitud.
Las juntas de evaluación académica que se hacen cada semestre podrían dar material para que el fantasma de Emilio Carballido, uno de los patriarcas de la Escuela, se regodeara para hacer otra obra breve digna de la colección de DF teatro:
Profesor 1. En mi clase, este alumno ha mostrado poco desarrollo y un problema serio de actitud en el trabajo.
Profesor 2. Conmigo nunca asistió.
Profesor 1. Por otro lado debo añadir que no se presentó a un ensayo general, llega tarde y a veces con señales evidentes de una cruda tremenda.
Docente 3. En mi clase tiene un rendimiento insuficiente.
Servicios Escolares: ¿Calificación, Maestro?
Docente 1. Siete.
Desde el propio plan se tendrían que establecer mecanismos innovadores de acreditación y promoción, para que fueran colegiadas y no dependieran sólo del titular de la materia eje; de otro modo no podrá revertirse esa tendencia continua de ver en los exámenes profesionales de una carrera de teatro a más de un actor con recursos artísticos precarios, opacos, insuficientes.
La preservación activa del teatro como bien simbólico pide una mirada exigente al desarrollo del estudiante de una manera transversal, de tal modo que se superen la complacencia y la calma chicha de pensar: aquí no reprueba nadie.
2. DOCENTES
Llega un tipo con el doctor: “Estoy estreñido, no puedo obrar”... “No se preocupe, le voy a dar este laxante, que es muy bueno. Tómeselo y regrese en tres días”... A los tres días regresa el tipo. ”Ya me tomé el laxante y pues nada, sigo sin poder obrar”... “Híjole, qué extraño. Mire, le voy a dar este otro que es potentísimo. Tómeselo y venga mañana”... Al día siguiente regresa el tipo. “Doctor, ya me lo tomé y nada, sigo sin obrar”... “No puede ser. A ver, tenemos que investigar la causa. Déjeme hacerle unas preguntas. A ver, ¿a qué se dedica usted?” “Soy actor”... “¡Con razón! Por ahí hubiéramos empezado. Mire, tome este billete de cincuenta, cómprese dos tortas de jamón y va a ver cómo mañana ya va a estar obrando”...
Hay mejores maestros que antes, se hace más vida colegiada, cosa que siempre es perfectible. Atrás quedó el anecdotario de terror, como el del profesor que llevando al extremo las necesidades de desinhibición hacía que los estudiantes tuvieran contactos sexuales, aquel otro que hacía que se golpearan, o bien el que en los exámenes que se abrían al público se sentaba en la parte posterior de la pequeña sala Villaurrutia y comenzaba a tronar sonoramente los dedos cuando creía que el ritmo del joven elenco comenzaba a decaer. También el que llegaba a su clase de las cuatro de la tarde con un pequeño televisor portátil y al cabo de algunos minutos interrumpía la actividad que se estuviera desarrollando y decía a sus alumnos: “muchachos, ustedes saben que el actor debe manejar distintos lenguajes además del teatro. Y uno de los más importantes es la televisión, las telenovelas, así que como parte de la clase vamos a ver la que se está transmitiendo, en la que yo salgo, para que ustedes puedan analizar mi trabajo”.
Aunque el anecdotario sigue vivo y en marcha –basta darse una vuelta por la red- , hay mayores controles del proceso académico. Y por el contrario, mucho del éxito que se ha logrado en las Escuelas tiene que ver con una planta docente activa en el campo profesional, pues de otro modo no se puede confrontar el objeto de estudio, la ficción teatral, en el aula. Claro que hay riesgos, el no cumplimiento de la carga horaria por compromisos profesionales, por ejemplo, y el apoyo consecuente en adjuntos de irregular trayectoria y capacidades.
Varias Escuelas cumplen con la premisa contar con docentes que sean profesionales de la escena, las que no, se debe o bien al perfil de los mismos, que no son actores o directores, o a la falta de una vida escénica continua en las localidades, en cuyo caso cabría preguntarse de qué va a servir allí una Escuela superior de teatro. Además, ese perfil se convierte en los hechos en una bolsa de trabajo, varios egresados son invitados a trabajos futuros, basta abrir cualquier programa de mano de algún teatro público para comprobarlo.
3. ESTUDIANTES.
Un tipo se encuentra a otro en la calle, saca una navaja y le dice:
“Esto es un asalto, dame tu dinero...”
“No tengo dinero, soy actor... ”
“¿Ah, sí? ¿Deveras eres actor? A ver, dime, ¿en dónde estudiaste?”
“Estudié en el CUT... ”
“¿Deveras?” (Se quita la máscara) “¿Y de qué generación eres?”
Los estudiantes son la razón de ser de las Escuelas. Varios de los que terminan el recorrido de cuatro años se han responsabilizado de su proceso, aclarado dudas e inconformidades y están convencidos de su capacidad de generar actividad escénica, tanto así que lo hacen y forman grupos de trabajo que comienzan a dar la batalla de tomar posición y mostrar sus alcances artísticos y organizativos. En distintos puntos del país y a lo largo de cada año, ellos hacen los montajes más interesantes de ver en Festivales y Muestras.
Todo ello a pesar de los hábitos y estrategias tribales por las que se desenvuelven y que forman de algún modo una coraza protectora de la que a veces no se libran: pretenciosos, altaneros con outfit fachoso como razón de ser, espectadores inclementes de teatro, pero ignorantes de trayectorias y antecedentes, despreciadores del “teatro comercial”, seguidores del culto a la personalidad del profesor más que al trabajo metódico.
El recorrido académico en las Escuelas les va permitiendo apuntar especialidades aún y cuando éstas casi no existan formalmente en la currícula: dirección, producción o dramaturgia por ejemplo (en la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM existen esas salidas, pero no hay un examen de ingreso específico), esa afinidad por cierta área sí que es un indicador natural para un paso de profesionalización a través de especialidades y posgrados.
Los chistes aquí integrados muestran un fondo de ineptitud y fracaso profesional, la realidad es que eso es sólo parcialmente cierto. Muchos egresados consiguen insertarse en el trabajo profesional con una actitud profundamente renovadora y activa, conforman colectivos de calidad o se integran a existentes, son llamados por directores escénicos con trayectoria y su absoluta entrega y disposición en ensayos y montajes refrescan el proceso de trabajo.
La capacidad de riesgo y transgresión a veces tienden a olvidarse en el campo profesional, por ello es un regalo que un director pueda formular una indicación enigmática y exigente a la vez y que el joven egresado diga: “¡va, va, va!”
NOTA: Luego de una consulta científica a través del Facebook, pude recopilar esos chistes, cortesía de Martín Zapata, Luis Fernando Payán y Fernando Sánchez Cervantes.
Los chinos del Reloj
El pasado sábado 9 de febrero, a las 10 de la mañana hora del centro de México, arrancó la celebración del año nuevo chino, el de la serpiente, en la Fundación Cultural China, que a su vez cumplió 40 años. En este lugar se dan clases de diversas disciplinas marciales y consultas de medicina tradicional, todo bajo la conducción del profesor Francisco González, quien por su calidad de movimiento, mesurada y ágil, hace que uno recuerde a Li Mu Bai en El tigre y el dragón.
Con presencia y emotividad el profesor cuenta la historia de la Escuela, reconoce a los fundadores y da paso al festejo, que consistió en bailes de leones, una ofrenda a antepasados y fuerzas de la naturaleza, demostraciones de artes marciales, malabarismo y danza aérea.
Una bella actriz de nombre quimérico, Tsayamhall Esquivel, empieza a conducir el evento y luego de plano se repliega para mirar el desfile de decenas y decenas de participantes que entran y salen del atiborrado local. Todos ellos fueron alumnos y lo siguen siendo porque ahora son maestros, colectividades que expresan su cohesión a través del Kung Fu y el Tai Chi y hacen de ello un verdadero banquete; obsequian lo que aprendieron, tan bien, que ahora son especialistas en enseñarlo y lo validan ante sus maestros.
Y claro que todo esto es para mí una raya más al tigre, las cosas que nunca haré: cantar boleros como Javier Solís, bailar como Fred Astaire y desde luego lanzar patadas y vuelcos espectaculares en el aire, como los hacen estos jovencitos de 18 años y como recuerdo perfecto los hacía David Carradine en Kung-Fu.
Todo ello en un pulmón asiático en la meseta del Anáhuac que no tiene nada que ver con la calle de Dolores, sino que se encuentra en la calle de Cáliz, cerca de Calzada de Tlalpan, en la colonia El Reloj. Quizá por ello los brazos del profesor se abren, como manecillas en cuarto para las tres, para dar un abrazo a los invitados a la fiesta.
Cádiz State of Mind
Eduardo Bablé, músico y coordinador general del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, FIT, mira con asombro las marionetas Rosete Aranda-Espinal que expone el INBA en el museo iberoamericano del títere del milenario puerto fenicio: los detalles de la expresión, el cuidado de las articulaciones y la amplitud del repertorio de esa compañía mexicana.
También para eso alcanza la programación de este Festival que llegó ahora a su edición 27, a contrapelo de la recesión española, con 32 eventos programados en cinco espacios cerrados y varias alternativas de abiertos durante 12 días, y que mantiene encendidas la luces de su naturaleza: lo más importante no es la programación artística, pues pesan más criterios de representatividad y hasta de solidaridad latinoamericana, sino hacer un acto de política cultural de apertura de brazos hacia el otro lado del charco.
Y realmente ocurre, circula la información entre artistas, programadores y académicos, se contratan giras, aunque las más de las veces sean en otros países de América. Con algunas excepciones, que se agendan con mucha antelación, Cádiz no es punto de entrada para España y Europa, sino para un variado número de retornos americanos.
Salvo el Teatro Falla y el casi nuevo Teatro de Cómicos de la Tia Norica, la infraestructura no es particularmente notable, la ciudad de San Luis Potosí, sede de la última muestra nacional de teatro, supera fácilmente el número de recintos; todo se pone en la cancha del intercambio y el debate escénico; qué mejor manera de festejar el doscientos aniversario de La Pepa, la Constitución Española de 1812.
La frase dominguera que se escucha en los Foros que se llevan a cabo en el hotel sede, lograr la “fidelización de público” se explica en el día a día del evento, los gaditanos siguen atentos la programación del Festival y se dejan caer en aquello que les interesa; una señora afirma, en la fila para entrar al Teatro Falla, que jamás volverá a ver una obra mexicana, pues la experiencia que tuvo años atrás allí la vacunó por completo.
Hay espectáculos tan densos y aburridos que bien podrían ameritar inconformidades diplomáticas, pero todo lo permite este puerto, donde se puede acompañar la agenda de cada día con uno o varios finos, una comida de señorito; eso sin descartar al religioso apego a la siesta, que al no poderse tomar en un maratón de hasta tres obras diarias, convierte a las butacas en remedo de mecedoras.
Si los arqueólogos del siglo XXVI quisieran hacerse una idea del teatro que se exhibe en este Festival a partir de lo que documentan los investigadores y críticos, que son quienes coordinan los foros de discusión de las obras donde se habla de procesos de trabajo y trayectoria de los colectivos, se llevarían una idea por lo menos incompleta, pues en la explicación todo tiene apariencia de extraordinario.
Los sábados y domingos en la Plaza de la Catedral ocurre la mayor sintonía entre la programación y los ciudadanos. Ese lugar, de suyo concurrido como paseo de fin de semana, se transfigura para presenciar pasacalles, espectáculos de acrobacia, botargas, zancos y marionetas gigantescas operadas por grúas. No en balde es en ese rubro donde se siente mejor la evolución cualitativa del Festival.
En la exhibición en espacios cerrados destaca el grupo ecuatoriano Malayerba, con Instrucciones para abrazar el aire, “pequeñísima tragedia contemporánea”, según la describe Arístides Vargas, sobre el caso de los niños robados por militares durante la dictadura en Argentina. Juego escénico emotivo, a través de la palabra, elementos de clown; imágenes de la pérdida que cobran fuerza con el trabajo sólo de los dos actores, ella en particular, Charo Francés, vale su peso en oro.
Otro trabajo notable, el de los chilenos que presentan Amores de cantina, de Juan Radrigán, dirigido por la jovencísima Mariana Muñoz, especie de concierto escenificación con textos versificados, que logra la explosión de un espacio festivo gracias a la condición musical de sus espléndidas actrices, María Izquierdo y Emma Pinto, y que sólo se tambalea un poco cuando sucumben a la tentación de “tener que contar algo”, sobre todo si se trata de amores, desamores y muertes pasionales en una cantina.
Pueden notarse tendencias identificables en el campo de la creación escénica iberoamericana: la exhibición en pequeño formato, con un máximo de 30 espectadores, en espacios alternativos, de manera recurrente habitacionales, como ocurre con un reconocido grupo colombiano, La maldita vanidad, que presenta dos obras, El autor intelectual y Los autores materiales, aunque está claro que cercanía con el público no es igual a contacto, como ocurre con esta espontaneidad prefabricada al modo de la telenovela.
México estuvo representado por tres escenificaciones, El padre pródigo, de Flavio González Mello, en cuya función de invitados al festival hubo desbandada en el intermedio, al día siguiente, en cambio, con público ciudadano, la obra tuvo una mejor y más favorable acogida; Acciones sobre la fuerza de la debilidad, de Sylvia Eugenia, presentación que aborda la verosimilitud escénica a partir de improvisaciones con los asistentes y que concluye convidándoles en jarritos de barro un contundente mezcal; y Caballeros y dragones, del grupo Cornisa 20, una fábula medieval representada en espacios abiertos, se trata, por cierto, de uno de los colectivos mexicanos con mayor capacidad de circulación e invitado por tercera ocasión al evento.
Reflexionar sobre el teatro desde el mismo teatro ha sido una tendencia centenaria en los dramaturgos, ¿cómo olvidar esa maravillosa obra de Thomas Bernhard, el Hacedor de teatro? Un actor en gira atrapado por su ego evade ayudar a las personas del pueblo que se encuentra en una situación de emergencia. El legendario Albert Boadella va más allá con su obra en la noche de clausura, El Nacional, en la cual Don José, el viejo acomodador de un teatro, quiere poner en escena Rigoletto con músicos de la calle, mientras el espacio está a punto de ser demolido. A partir de ello el director fundador de Els Joglars hace una burla cruel y eficaz de políticos, empresarios, músicos y desde luego actores y directores de teatro, “artistas histriónicos, intelectuales y realistas que convirtieron la profesión en un arte decadente”.
La ciudad se ha apropiado del teatro, la entrega de importantes premios de la especialidad no se lleva a cabo en recintos del Festival, sino en el salón de actos del Ayuntamiento de la Ciudad, en ceremonia presidida por la alcaldesa Teófila Martínez, que a través de muchos años de gestión ha logrado que este evento aglutinador de teatristas sudacas forme parte del calendario cívico y turístico de su ciudad.
También hay tiempo para ir a la Peña la Perla, en el barrio gitano de la Ciudad, transcurren las tortillitas de camarón y las patatas aliñás con el Fino, para presenciar un espectáculo de flamenco que eriza la piel. Hay fuerza y pasión en esa bailaora, Marisa Albaicín, que no muestra, sino desafía a los asistentes, mirada y manos de águila, el secreto compartido de los artistas escénicos para desgarrar y acariciar a la vez.
Ya lo decía Billy Joel, el italiano de Nueva York, refiriéndose a la Ciudad de los rascacielos, la ciudad trasmina al estado de ánimo, It comes down to reality, and its fine with me cause I've let it slide, los espacios y las gentes de Cádiz se hacen presentes, se deslizan al lado de uno en la distancia. Un estado anímico gaditano, Cádiz State of mind.
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