
“Comenzar es lo difícil”, suelen decir los consejeros de todos los tiempos al referirse a la importancia de dar el primer paso en una actividad que por lo visto puede ser complicada y agotadora. Sin embargo, a veces puede ser placentera, como la comida.
En la mesa ese primer paso lleva por nombre aperitivo y no se da con resignación, sino con júbilo y puede ser una ceremonia que anuncia el mismo acto de sentarse. La versión “salvaje” es la que suele tomarse en una cantina, un trago preparado en un vaso largo con un kilo de hielos, a través del cual transcurren las más irritantes botanas y platillos.
El aperitivo que honra su nombre se sirve derecho, frío de preferencia, seco y traslúcido, como anticipando que no hay engaños ni simulación en la mesa. Puede ser tan lubricante de la conversación que posterga a la eternidad el inicio de los alimentos y estar siempre al alcance de la mano. No en balde los andaluces son los creadores del mejor aperitivo del planeta, el jerez fino.
Por los alimentos que se han preparado, pero sobre todo por la compañía, el aperitivo inicia un territorio de promesas.