Connacionales colaterales

1 comentarios


Hace unos años, en una larga fila de Aeroméxico en el aeropuerto de Barajas en Madrid, dos mujeres jóvenes, formadas delante de mi, hablaban de su largo periplo europeo. Vestidas de mezclilla, con mochilas de campamento en la espalda y paliacate en la cabeza, se referían sobre todo a lo caro que había resultado el viaje, las penurias que habían pasado al comer productos chatarra y otras privaciones por el estilo: museos y galerías al los que no habían podido entrar, restoranes especiales de los que sólo degustaron la carta que colocan a la entrada; el caso es que habían sobrevivido y paseado y se sentían sanas y salvas.

Una hora después coincidí de nuevo con ellas en una fila, esta vez en la de las cajas del Duty Free, lo habían atacado y estaban pagando una cuenta de más de 300 euros. ¿Y las privaciones? ¿los menús de macdonalds? Ese es tan sólo uno de los rasgos para reconocer connacionales en el extranjero, son especialistas en las compras sin impuestos, los vendedores se relamen los bigotes cuando avizoran algún contingente.

Otras señales: escuchar en la quietud de la noche en alguna calle una frase tipo: “¡No mames güey, ya cállate!”, traer señales distintivas en gorras o chamarras, la bandera tricolor, el escudo nacional o el de las chivas, sacar una lata de chiles jalapeños para aderezar algún bocadillo sentados en la banqueta, cantar a coro sutil, una noche en un tren, la canción mixteca, pedir muy ufanos, en países de tradición cervecera como Bélgica o Alemania, una corona, o extrañar, en la sede de los whiskys de malta, un caballito de tequila reposado.

Le llaman el “Síndrome del Jamaicón”, al sufrimiento de estar fuera del país y no hallarse, lo cierto es que los connacionales se las ingenian para pasarla bien, para hacer una fiesta de la melancolía.